por Andrea Torres @Andre_TorresD

Revivir el dolor, una y otra vez. Escuchar ni una menos, todos los días en América Latina; Nos faltan tres, Vivos se los llevaron, vivos los queremos, en Ecuador; no son tres, somos todos, en México; SOS Pueblo Shuar; SOS Nicaragua.

En todas partes grita el mundo, en cada rincón no nombrado. Se levantan altares por verdad y justicia. Se invoca, teje y moviliza la esperanza. Y así, “donde uno coloca la mirada hay dolor”, menciona la antropóloga y feminista Rita Segato en una entrevista otorgada a un medio argentino en el 2017. Y añade que es “una época de intenso dolor”. Esta repetición constante del dolor sucede a veces en los mismos lugares, a veces bajo nuevos escenarios o en escenarios olvidados; justo ahí, donde la impunidad se instala como espectáculo. Sí, vivimos un espectáculo de impunidad, frase expresada por la misma Rita para describir la época actual.

La pregunta es: ¿Cómo nos encontramos recibiendo la violencia del mundo?. De aquella pregunta surgen demandas vitales, como aquella de hacernos cargo del dolor, no sólo a nivel individual sino como comunidad y comunidades que están siendo interpeladas por el dolor. Interpeladas porque abren nuevos espacios y vínculos frente al dolor. Esto implica “hacernos cargo no sólo de la pérdida de vidas, de subjetividad, de comunidad y de futuro sino de las estructuras en las que éstas se generan y que hemos aceptado como dadas”, palabras de la pensadora mexicana Helena Chávez Mac Gregor, en su texto Aproximaciones para una crítica a la violencia. En este sentido, pensar las violencias se vuelve parte de un acto ético y político, urgente. O acaso ¿nuestros sentidos son capaces de seguir consumiendo el dolor? O más aún ¿De tolerar el dolor?

“Resistirnos a la fascinación de la violencia subjetiva” es lo que nos invita a hacer el pensador esloveno Slavoj Zizek, en su texto Sobre la Violencia. Es decir, resistirnos a la violencia visible que se va normalizando en la cotidianidad. Resistirnos a tolerar el baño de sangre mediático y entender el despliegue de la violencia en su forma sistémica. Esto no es otra cosa que un modo de increpar y cuestionar el espectáculo de sangre que estamos obligados a contemplar. Puesto que en esa contemplación se configura la forma de mirar el mundo y el cómo recibimos las violencias. Además de reforzar los fundamentos coloniales y patriarcales que extienden la violencia no visible, sistemática, simbólica, normalizada y, por lo tanto, tolerada.

En la medida que aumenta la tolerancia a la violencia, nos encontramos con varios escenarios de impunidad. Y uno de los actores de la impunidad es el Estado y la justicia que éste promueve. Podríamos decir que la justicia del Estado es la injusticia.

Tenemos la injusticia en el caso de Vanessa Landínez, cuyo asesino fue sentenciado por “homicidio preterintencional” cuyo feminicida (no sancionado como tal) cumplirá apenas la pena menor de tres años.

Es la injusticia contra Valentina Cosíos, asesinada y hallada en el patio de juegos de su colegio. Los años suman y no existen nombres de los culpables, pero sí cómplices de su injusticia. Son culpables también.

Y así, los casos van llenando nuestras plazas, nuestras calles, nuestros gritos. Ahora por el asesinato de Jackeline y su pequeño hijo Ezequiel, en la provincia de Loja.

La impunidad es ejercida desde un Estado que no da respuestas, que exhibe la vanidad de sus funcionarios frente al dolor. Así se ha cumplido más de un mes de haber declarado el asesinato de tres periodistas en la frontera. Los familiares –y todos- continúan en la espera de que los cuerpos de Efraín, Javier y Paúl sean repatriados. Exigen verdad y justicia. Y se exige que regresen con vida, Oscar y Katty, secuestrados también en la frontera.

La violencia, la impunidad y el espectáculo van materializando políticas del miedo, en conjunto con políticas del desecho. Y también políticas que criminalizan y aseguran la continuidad de los capitales que se alimentan del despojo y la muerte. Así ha sido posible la incursión del extractivismo y el mito del progreso capitalista en la Amazonía ecuatoriana, de la mano de la militarización del territorio. Es el caso del Pueblo Shuar, cuyas comunidades, como la de Nankints, en 2016, fue desplazada y despojada para instalar un campamento minero. Sus huertos fueron destruidos, sus casas hechas añicos con retroexcavadoras. Esto afectó a comunidades cercanas como Tsutsuim y Kutukus, donde avanzó la violencia. Niños y niñas, junto a sus madres, huyeron selva adentro, huyeron de las balas estatales. Sus miembros han sido perseguidos por el aparato judicial. Y el asesinato de José Tendetza, Freddy Taish y Bosco Wisum siguen en la impunidad, en la injusticia.

Ante esto se levantan escenarios que acogen el dolor, que abren camino a otra justicia, la que no se encuentra en los juzgados. Otra justicia que posibilite la vida, porque la crueldad se va narrando desde los juzgados que lanzan mensajes de impunidad. La otra justicia es la que restituye el tejido social por fuera de la crueldad.

Entender que existe un complejo juego de factores formando redes de violencia, donde interactúan modos de dominación que atraviesan la vida cotidiana, posibilita la apertura de salidas y resistencias. Desplazarnos de los contornos de la mirada dominante, implica poner en escena saberes y prácticas autónomas, por verdad, justicia y reparación. Pensar la violencia invita también a restituir los vínculos para la vida en común.

 

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