por Andrea Torres @Andre_TorresD 

La marcha del primero de mayo, lejos de representar un solo sentido de lucha, expone en las calles un enorme entramado de posibilidades y deseos por construir tiempos mejores. Se exponen las demandas de trabajadores, estudiantes, mujeres, campesinos, habitantes de una sociedad cuyas vidas se sostienen entre la precariedad económica y política a la que nos obliga el poder.

Desde la precariedad, surge la indignación. Desde la precariedad, nos movilizamos. Desde la precariedad, no hemos dejamos de gritar. Así, las luchas se juntan en las calles. Pero es necesario tejer, tejer todos los vínculos posibles. Desde las diferencias se teje la solidaridad, desde nuestro reconocimiento como diferentes. Del reconocimiento mutuo de nuestras luchas. Y nuestra diferencia se expone ante el poder. Un poder que no escucha, evade, esconde y sublima las violencias.

Y la lucha también se moviliza como cotidianidad. Desde mujeres como Maruja Flores, de 82 años de edad, vendedora ambulante. La precariedad la obliga a las calles, no a marchar un primero de mayo, sino a vender pinzas de ropa. Ella vine de Solanda. Se ubica en el portón de una casa en el Centro Histórico, un primero de mayo. La abrazo. Ella continua sentada, observa a las y los marchantes pasar.

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Es también la historia de Elsa Silva, vendedora de muñecas, cuyos colores sobresalen desde un rincón. Es Katy Méndez, enfrentando la cotidianidad, mientras vende jugos, un primero de mayo. Es Ranieri Durán, quién viene de fuera, venezolano, pero es tan nuestra su diferencia. Él vende aretes, un primero de mayo. Es Irene Gordillo, con su galopante sonrisa, vendiendo espumilla, un primero de mayo.

Todas son luchas. Todos y todas enfrentando ese poder cotidiano, si nos descuidamos nos desplaza a un mundo sin derecho. Y así transitamos en la búsqueda de tiempos mejores, reconociéndonos diferentes, porque seguimos luchando.

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FOTOREPORTAJE

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