tomado de La Tinta

por Débora Cerutti y Javiera Naranjo para La tinta y Oficios varios

“Todos somos un tejido, le expliqué recordándole tus palabras. Sí, mi mamita igualito me cuenta así, dice que todas las cosas, las palabras, las plantas, las personas son como hilitos y nosotros tenemos que entrelazar nomás, me contó el niño”. 
 Juan Pablo Piñeiro, “Cuando Sara Chura despierte”

La palabra brujas nos consteló. Caminar y observar mientras se busca descolonizar la mirada y los pasos, fueron los dos primeros gestos que, supimos, nos permitirían aproximarnos a las mujeres que trabajan entre las calles Linares y Sagárnaga, conocidas turísticamente como Calle de las Brujas en la ciudad de La Paz, Bolivia.

La voluntad de quienes caminamos queriendo entender y sentir, fue adquiriendo un ritmo particular entre el transitar y el mirar del turista, que tanto se imponen y priman en el andar por ese territorio céntrico del caos urbano.

Nuestro primer acercamiento fue desde la curiosidad, esa que también motivó a Maribel Mamani Quispe a aprender de su abuelo cuando era pequeña el oficio de chiflera. Porque chiflera no se nace, se hace.

Después de un tiempo de contemplación, percibimos la cadencia de nuestro andar, emergió en nosotras una obsesión empedernida e inconformista por buscar un anillo con forma de serpiente. Durante varios días fuimos dos mujeres transitando entre esa calle de dones, entre amuletos, buscando protección ch’ixi, buscando ofrendas, buscando la forma en que ellas se nombran. Entre fragmentos y borradores, llegamos a la palabra k’apachaqueras, y luego nos topamos con otras: hierberas, callahuayas, mujeres de medicina, hasta llegar a la palabra chifleras.

Leímos el libro “Los artesanos libertarios y la ética del trabajo” de Zulema Lhem y Silvia Rivera Cusicanqui. Comprendimos que el gesto frente al trabajo de las mujeres chifleras no es cualquier gesto. Es ético, no ideológico. Están lejos de mirar sólo productivamente su quehacer. Ellas se organizan en sindicatos, nos cuenta Margarita Quispe, son solidarias. Se hermanan mediante hilos invisibles que atraviesan esas calles.


Supimos que el oficio se aprende y que ser chifleras, es un signo de resistencia al capitalismo y al colonialismo. Su hacer es artesanal. Allí existe una defensa acérrima de las medicinas naturales. Allí, mujeres reivindican la cura que generan sus preparados, sus ofrendas, sus pócimas. Y nos advierten que no son broma.


Ellas y nuestra cadencia transandina, nos obligan a recodificar nuestros hábitos visuales. Porque descolonizar la mirada, al decir de Silvia Rivera Cusicanqui, es pensar con la respiración y los latidos. Pensar desde el chuyma, desde las entrañas. Mirar desde la tierra que pisamos.

Nosotras también somos hilitos que se tejen. Gracias a las chifleras, cerramos los ojos y atravesamos La Paz entre lanas de colores, hierbas, estrellas de mar, copal e inciensos, comprendiendo que entre silencios y vacíos existen historias ancestrales de memorias del presente. Las invocamos para que nos habiten.

Mientras, volvemos a recordar a Natalia Paucara preparándonos una ofrenda y atándonos un hilo ch’ixi como protección en nuestras muñecas. Mientras, comprendemos que la Madre Tierra va a alimentarse con esa ofrenda cuando la entreguemos al fuego y la devore. Allí, conjuraremos nuestras miradas, llenas de brujería y libertad.

 

*Por Débora Cerutti y Javiera Naranjo para La tinta y Oficios varios / Fotos: Colectivo Manifiesto.

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