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Parteras autónomas en México:

parir con todxs en casa

 

 

Por: Carolina Rosales Zeiger @caroerrezeta

 

 

 

 

Publicado 03 mayo de 2021

 

 

Cuando se desató la pandemia del Covid-19, Griselda Orozco tomó su decisión final: no pariría en un hospital.  Sin embargo,  la idea ya sobrevolaba en su mente y la de su familia desde antes, pues estaba segura de que deseaba un trato humano y cálido, sin presión,  y sin una cesárea forzosa. El 2 de mayo nació su hija, Regina. El parto no fue en su propio hogar, sino en Luna Maya, una casa de partería autónoma en la Ciudad de México.

“Fue un proceso difícil, doloroso, pero bonito” cuenta Griselda por teléfono a Latfem con la voz suave, mientras se oye el susurro de su bebé detrás. “El hecho de tener a mi bebé conmigo desde que nació fue algo increíble”, enfatiza. En su parto anterior habían pasado horas antes de que pudiera tener contacto con su hijo. “No volvería a parir en un hospital”, afirma.

En México existe una fuerte tradición de partería y también de las llamadas ‘casas de parto’. Estas casas son espacios dirigidos por parteras donde las mujeres, varones trans y personas gestantes con embarazos de bajo riesgo van a parir de manera integralmente cuidada y respetuosa; y donde su familia también tiene protagonismo.

Allí se realizan los llamados ‘partos humanizados/respetados’, los cuales  buscan recuperar la figura de la partera y el vínculo íntimo entre ésta y quien va a parir. En México,  existen unas 15 mil parteras registradas. El 70% son indígenas. No lo hacen solo porque no quieren ser asimiladas por la medicina colonial.  Tampoco hay necedad o imprudencia en sus prácticas. Lo hacen como praxis y reconocimiento de que existen otros modos de ejercer la medicina, de que no es necesario tratar como enfermedad a un proceso natural –en tanto así se presente – y para recuperar la confianza de las personas que gestan en poder traer al mundo a sus hijxs de manera tan natural como lo deseen. Pero, sobre todo, esta es una alternativa para evitar la violencia que suele ocurrir en los hospitales: episiotomías inconsultas, forceps, roturas de costillas, sobremedicalización y sordera absoluta frente a lo que intentan decir y desear las personas que van a parir.

Además de México, Alemania, Canadá, Inglaterra y Estados Unidos son algunos de los países que cuentan con casas de parto.

“Del 90 al 2015, la atención de partería pasó del 30% al 4,5% de los nacimientos en México”, cuenta a Latfem Hannah Borboleta, directora clínica y partera de Luna Maya. Y amplía: “Pero también hay un problema de subregistro: Chiapas, Guerrero y Oaxaca realizan muchos partos con parteras que son reportados como ‘institucionales’, porque el Estado busca que la estadística oficial muestre, ante una mirada internacional, que se tiene una atención de parto alta, frente a las recomendaciones, por ejemplo, de la OMS”.

Griselda ya conocía la labor de las parteras, pero decidió parir en la casa de Luna Maya, entre otras cosas, por su experiencia anterior. “El nacimiento del primer bebé que tuve fue un proceso muy doloroso en la parte emocional: en cuanto nació se lo llevaron, estuve separada de él una semana entera, tuve que superar ese dolor”.

Según Hannah, quienes buscan a las parteras lo hacen “por miedo de ir a un hospital, porque no quieren ir a una cesárea, por miedo de ser maltratadas, o porque ya tuvieron una mala experiencia en un parto en hospital” .

«Yo estoy aquí porque busco un parto humanizado», «Yo no quiero una cesárea», «Quisiera un parto en agua». Quienes buscan a las parteras casi nunca dicen que están ahí porque buscan partera. Casi siempre están ahí porque saben lo que no quieren.

Según el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), millones de mujeres en México han experimentado la violencia obstétrica. Entre 2011 y 2016, el 33.4% de las personas de 15 a 49 años que tuvo un parto, sufrió algún tipo de maltrato, físico, psicológico o verbal por parte del personal que las atendió.

Para Amparo Calderón Soto, partera tradicional, su práctica está “mal vista” y es por eso que se perdió la tradición milenaria de las parteras. “El sistema de salud no nos considera como parte de él. Y lo nuestro es ciencia: todas las herramientas que utilizamos tienen ciencia, aunque no estén escritas. Nuestro conocimiento es empírico, oral y generacional”.

En México hay 11 programas de formación en partería. Todos enfatizan en una división clara: si tienes un embarazo sin riesgo (que suelen ser el 85%) vas con una partera, y si tienes un embarazo riesgoso,  vas con una obstetra.

“La medicina y el parto hoy se enseñan como una receta de cocina”, afirma Hannah. “La mujer llega y le ponen suero, luego le hacen la kristeller, que es la maniobra de empujarla, la episiotomía, que es el corte en el periné para agrandar un tejido que se agranda solo… toda una serie de intervenciones que se hacen de manera automática donde se pierde la individualidad”.

En México, la Norma Oficial 007 de atención de parto, embarazo y puerperio, contempla la figura de la partera. El ejercicio de la partería cuenta con un marco legal. Sin embargo, la estigmatización de la práctica sigue intacta.

Pero, ¿desde cuándo se da esta estigmatización? ¿Cómo pasó un conocimiento milenario a convertirse en una práctica de la cual avergonzarse, a la cual denostar y de la que se desconfía en nombre de la ‘verdadera ciencia’?

Según  Hannah, este giro se da cuando surge la obstetricia. “Son puros hombres que se adueñan, queriendo o no, de un campo que antes era de mujeres. Ningún hombre había entrado a ver un parto. Entonces llega la obstetricia a trabajar con los partos obstruidos y meten, poco a poco, a todos los partos al hospital”, relata.  Además, explica que se está haciendo políticamente todo para dificultar los partos en casa. “El acceso a certificados de nacimientos es un rollo. El acceso a traslados, también. Y no hay estadísticas en México porque no financian estudios”.

 

Modo pandemia: parir con todxs en casa

En las preguntas frecuentes publicadas por la Organización Mundial de la Salud  sobre la relación del COVID-19 con el embarazo, el parto y la lactancia,  se enumera los derechos que tienen las personas gestantes con respecto al acceso a la salud prenatal, neonatal, postnatal, intraparto y mental. Ser tratada con respeto y dignidad, estar acompañadas por alguien de su elección y recibir comunicación clara son algunos de ellos.

Además, la ONU ha alertado por algún tiempo ya sobre la medicalización creciente de los procesos de parto, y ha afirmado que estos tienden a debilitar la capacidad de las personas gestantes de dar a luz y a afectar de manera negativa su experiencia.

 “El hospital que teníamos contemplado dejó de ser una opción con la llegada de la pandemia”, cuenta Griselda. “Estábamos con el estrés de encontrar un lugar que nos diera la seguridad y la confianza. El llegar a Luna Maya y que la consulta fuera clara e íntima nos dio tranquilidad”.

La pandemia también cambió la dinámica de los partos en las casas. “Parir con todxs en casa es un tema, no es fácil”, afirma Hannah. “A veces nos toca ir a casas donde está la pareja, la mamá, el papá, la hermana, la sobrina de la mujer, y esto hace todo más difícil porque aunque las familias estén de acuerdo con el parto en casa, les preocupan muchas cosas, como el tiempo que toma el proceso o si el bebé está sufriendo, por ejemplo”.

La opción de hacer traslados a hospitales también forma parte del radar de posibilidades de las parteras. “Las parteras de parto en casa vamos a un hospital, aquí y en China”, explica Hannah, “o bien si el parto se estanca (partos muy largos que no avanzan) o bien si hay una emergencia que no se puede resolver en casa. Ahí, el riesgo de quedarnos es mucho mayor que el riesgo de contagiarse, por ejemplo, de Coronavirus. El beneficio del hospital, en ese caso, sobrepasa su riesgo”.

Luna Maya surgió hace unos años cuando parteras fuera de hospital empezaron a reunirse para revisiones de casos. Intercambiaban ideas sobre mejores prácticas, compartían historias, hablaban de lo que había salido mal, de lo que habían usado. Las parteras autónomas en general se forman o con otras compañeras o en escuelas de partería u obstetricia. Después,  van con una partera autónoma, como aprendices. Fue así, en el afán de tener un aprendizaje continuo y colectivo, que empezaron con la red.

Durante el confinamiento,  las consultas aumentaron, pero eso trajo otros conflictos. “Muchas de las mujeres que nos buscaban iban a ir a hospital público, entonces no tienen dinero para pagar, y la Secretaría de Salud tampoco nos ayuda a financiarnos”, explica Hannah. Por eso,  Luna Maya ha realizado colectas para solventar algunos partos, pero no es suficiente.

La necesidad de reconocimiento de las parteras es un derecho de salud y un derecho humano. Es la única manera de que las mujeres cis, varones trans y personas con capacidad de gestar puedan efectivamente decidir cómo parir.

“Parir junto a ellas hizo que la recuperación sea muy entre mujeres, y anímicamente nada de depresión o desánimo existió, lo opuesto a lo que sucedió luego de mi primer embarazo”, cuenta Griselda.

 

Cesáreas programadas y pandemia como coartada

Yedith (prefiere no dar su apellido) estaba preparada para tener a su bebé por parto natural. Pero, llegado el momento, su obstetra le dijo que sería mejor una cesárea.

–Imagínate, pandemia, verano, el personal de salud sobrepasado… mejor una cesárea.

A fuerza de miedo, la convenció: si no lo hacía, le dijo, tendría que firmar un documento afrontando el 100% de la responsabilidad y renunciando a cualquier demanda posible si algo sucediera. Era su segundo hijo y los médicos argumentaron que luego de un primer nacimiento vía cesárea, era necesario y más seguro repetir el procedimiento en un segundo. Pero la OMS dice lo contrario. De hecho, recomienda que después de una cesárea haya un parto natural, pero esto no se respeta en muchos de los hospitales, y así lo demuestran las estadísticas.

Por ejemplo, México es el quinto país con más cesáreas del mundo, con un número que triplica la tasa del 15 % recomendada por la Organización Mundial de la Salud.

También según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2017 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México hay una “epidemia de cesáreas”, pues un 46.1 % de los nacimientos se realizan a través de esta práctica.

En 2020, por primera vez el número de nacimientos por cesárea superó al de partos naturales y llegó a ser más de 50%, de acuerdo con datos preliminares del Subsistema de Información sobre Nacimientos (SINAC) de la Secretaría de Salud.  De las 3.7 millones de mujeres que tuvieron cesárea, el 10.6% no fue informada de la razón de la cesárea, y al 9.7% no le pidieron su autorización para realizarla.

El gobierno de México publicó en abril el Lineamiento para la prevención y mitigación de COVID-19 en la atención del embarazo, parto, puerperio y de la persona recién nacida, actualizado en julio. En ninguna de sus 47 páginas, este documento recomienda la cesárea. Por el contrario, recuerda que la OMS ha declarado que la intervención médica debe estar bien justificada, y que ésta no es necesaria hasta en el 85% de los embarazos. También advierte que en las circunstancias extraordinarias actuales se enfrenta el riesgo de perder el enfoque de respeto a los derechos humanos y reproductivos.

 

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Claudia Bravo es partera en Querétaro. No en la Sierra Gorda ni en las zonas indígenas, sino en la capital del estado. Atiende partos a domicilio o en su casa, Nacer Tranquilo.  Solía tener dos o tres nacimientos al mes, pero este número se ha duplicado en el último tiempo.

Las parteras en México llevan al menos dos décadas activas luchando porque se les reconozca como personal calificado y no solo como practicantes de una tradición indígena para zonas rurales. Denuncian que  desde el año 2000,  el sistema de salud mexicano ha intentado que todos los partos sean medicados y en hospitales. Según ellas, acá, parir se convirtió en un acto de resistencia.

Como  la frase del trovador uruguayo, Daniel Viglietti, y  el título de la película del cineasta argentino asesinado por la última dictadura militar, Raymundo Gleyzer, que dice “me matan si no trabajo y si trabajo me matan”, a nosotras nos matan si no parimos, y si parimos nos matan.