Tiempo de lectura: 7 minutos

 

Nombrar para no desaparecer

La memoria de Gustavo Garzón

 

 

Por: Gabriela Peralta @gaperalta07

Asistencia de investigación: Emilia Palacios

Edición general: Ana María Acosta @yakuana

Diseño portada: Roberto Chávez

Fotografías de INREDH y del archivo familia de Gustavo Garzón

 

Publicado 08 de septiembre 2021

Tiempo de lectura: 7 minutos

 

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Doña Clorinda, madre de Gustavo y su nieta Cristina Garzón

Una fotografía en la casa de su abuela Clorinda fue el primer acercamiento que tuvo Cristina Garzón con su tío Gustavo Garzón Guzmán. Cristina rememora que, durante su infancia y adolescencia, mientras jugaba con sus primas, sus familiares nombraban a Gustavo con frecuencia en sus conversaciones. También recuerda que lo mencionaban en la radio y en la televisión. Fue por eso que, desde muy pequeña, entendió que Gustavo era miembro de su familia, que era escritor y que había desaparecido en 1990. Apenas ahora, a sus 25 años, ella reescribe lo que significa Gustavo Garzón para su padre, sus tíos y, sobre todo, para su abuela Clorinda. Apenas ahora entiende la falta que le hace su tío, porque le gusta escribir y le hubiese encantado que él leyera sus textos.

Cristina recuerda que, en la escuela, cuando hablaban de temas relacionados con los presidentes, pedía la palabra para referirse a su tío y, en especial, al gobierno de León Febres Cordero, quien creó una política de control y represión contra los grupos subversivos, en el marco de la Ley de Seguridad Nacional, que se mantuvo incluso después de finalizado su gobierno en 1988:

–Yo, desde pequeña, ya tenía este concepto de que el gobierno, viéndolo como un sistema, además de que te cuida y te ampara, también te ataca – dice Cristina.

Cuando Cristina ingresó a la universidad a estudiar Comunicación Social fue entendiendo mucho más lo que sucedió.

– El mismo Estado se encargó de que no se sepa del nombre de mi tío, de que todo su rastro quede borrado como si no hubiese existido.

César Gustavo Garzón Guzmán tenía 32 años cuando desapareció, de manera forzada, el 10 de noviembre de 1990, en Quito, Ecuador. Militante y escritor, Gustavo desarrolló su actividad literaria y política en La Mosca Zumba, colectivo de creación literaria y de crítica social, que luego abandonó para unirse, en 1985, al Movimiento Montoneras Patria Libre (MPL). Por su activismo político, el 7 de agosto de 1989, Gustavo fue detenido por miembros del Servicio de Investigación Criminal de Pichincha (SIC-P), creado durante el gobierno de Febres Cordero, pero aún vigente en el gobierno de Rodrigo Borja.

Sus familiares, en el informe No. 70/10, del 2 de julio de 2010, del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil), relataron que fue incomunicado y torturado en los primeros días de su detención con el fin de que confesara pertenecer a un grupo armado ilegal. Luego, fue trasladado al Centro de Detención Provisional de Pichincha (CDP), que en aquellos años se encontraba junto al expenal García Moreno. Allí permaneció preso por más de 13 meses, tiempo que continuó escribiendo sus obras literarias. El 7 de septiembre de 1990 fue liberado después de que el juez de la causa declaró su sobreseimiento definitivo (suspensión) del procedimiento judicial. Sin embargo, ya estando en libertad, permaneció en constante vigilancia por las fuerzas de seguridad del Estado.

La mañana del 9 de noviembre de 1990, Gustavo Garzón fue a la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) a realizar su tesis para su grado de Doctor en Literatura. Al medio día, cobró un cheque por la publicación de su libro Las coplas populares del Azuay y por la noche, a las 21 horas, realizó una última llamada a su madre Clorinda para comunicarle que tardaría un poco en llegar a casa. Luego se reunió con sus amigos en la discoteca “Son Candela”, ubicada en la Avenida Amazonas y Reina Victoria (Quito) y, aproximadamente, a las 12:00 am del 10 de noviembre, cuando salía de la discoteca, desapareció.

 

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La lucha de una madre

foto Gustavo Garzón – INREDH

Aquella llamada que Gustavo realizó el 9 de noviembre de 1990 fue el último contacto que su madre tuvo con él.  Desde aquel día inició la lucha de Doña Clorinda por encontrar a su hijo.

Clorinda, desde el primer día, tomó la foto de su hijo y salió a las calles a difundir su rostro. Así se unió a otras madres, quienes también buscaban a sus hijos desaparecidos, a los plantones de cada miércoles en la Plaza Grande, en el Centro Histórico de Quito. Ahí se encontró con Luz Elena Arismendi, madre de Andrés y Santiago Restrepo, conocidos como “Los hermanos Restrepo”, dos jóvenes ecuatorianos que desaparecieron en 1988, durante el gobierno de León Febres Cordero.

Esta acción que empezó en los años 80, se ha mantenido a lo largo de los años y hoy se han sumado cada vez más familiares de personas desaparecidas. La Asociación de Familiares y Amigos de Desaparecidos en el Ecuador (Asfadec), organización sin fines de lucro, creada en 2012, con el fin de unir esfuerzos de familiares, allegados y amigos de personas desaparecidas, se encuentra cada miércoles en la Plaza Grande. Al igual que alguna vez lo hicieron Luz Elena y Clorinda hasta que su cuerpo soportó; hoy son otras madres las que agitan carteles, gritan y claman justicia. 

Después de años de buscar respuestas sobre lo que ocurrió con su hijo y no encontrarlas en el país, Clorinda Guzmán llevó su denuncia a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Corte IDH, y, el 29 de enero de 2021, la Corte dictaminó la responsabilidad del Estado ecuatoriano en la desaparición de Gustavo Garzón.

Según la Corte IDH, la desaparición de Gustavo se dio en un contexto de desapariciones forzadas cometidas por agentes estatales, en contra de personas pertenecientes al grupo subversivo Alfaro Vive Carajo y Montoneras Patria Libre. De acuerdo a lo que estableció la Corte, en su cuadernillo de jurisprudencia Nº 6, publicado en 2020, se considera que la desaparición forzada de personas es una “violación múltiple y compleja de derechos humanos”. A pesar de que la Corte IDH determinó responsabilidades del Estado, tanto Doña Clorinda, como el resto de su familia, no han recibido ninguna reparación integral y el Estado no ha impulsado una investigación penal de los hechos.

En 2007, durante el gobierno de Rafael Correa se creó la Comisión de la Verdad, mediante decreto ejecutivo 305, para investigar y esclarecer “los hechos de violencia política” ocurridos en el país entre los años 1984-2007. El informe de la Comisión de 2010 dice que “los propósitos específicos de los agentes estatales al perpetrar desapariciones forzadas, apuntan a eliminar la identidad de la persona, afectar la identidad de pertenencia a un grupo y a no dejar rastro sobre violaciones cometidas en contra de la víctima”.

El informe de la Comisión de la Verdad evidenció que, de 1985 a 2004, hubo 17 víctimas de desaparición forzada: 16 ecuatorianos y una persona de nacionalidad peruana. “De aquellas 17 víctimas de desaparición forzada, tres han sido reconocidas como integrantes de Alfaro Vive Carajo (1985) y una ha sido relacionada con la organización Montoneras Patria Libre (1990)”. Este último año coincide con la desaparición de Gustavo Garzón.

Asimismo, de acuerdo al informe de la Comisión, en el gobierno de León Febres Cordero (1984-1988) se registraron un total de 32 ejecuciones extrajudiciales. La ejecución extrajudicial es “toda acción ejecutada por un funcionario o agente público en ejercicio de sus funciones, o incluso efectuada por terceros bajo la instigación, consentimiento o aceptación por parte del Estado, cuya finalidad última es privar de la vida a una persona o a un grupo de personas”.  Es así que, en el gobierno de Febres Cordero, “fueron ejecutados extrajudicialmente 12 de los 16 miembros de Alfaro Vive Carajo que la Comisión ha registrado como víctimas de este tipo de violación de los derechos humanos, y 6 miembros del M-19 de Colombia”.

Además, el informe de la Comisión de la Verdad describe que en el gobierno de Rodrigo Borja Cevallos (1988-1992) se registraron 7 víctimas de ejecuciones extrajudiciales, “una en 1989, 2 en 1990, 3 en 1991 y 1 en 1992, como consecuencia de operativos policiales y militares contra miembros de Alfaro Vive Carajo y otros relacionados con el control de la seguridad pública”.

 

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Brutal como el rasgar de un fósforo

foto registro documental «Brutal como el rasgar de un fósforo»

 

La memoria de Gustavo Garzón ha sido reconstruida en dos documentales. La última llamada de Gustavo, obra realizada en 2016, es el primer documental, y Brutal como el rasgar de un fósforo es el segundo largometraje dedicado a él. Este último se preestrenó el 14 de julio de 2021 en la sala Demetrio Aguilera Malta de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión (CCE), en Quito.

Cristina y Clorinda estuvieron ahí junto a sus familiares y a un centenar de personas para observar la obra y conocer la historia del escritor, tío, hijo y hermano desaparecido en 1990.

El documental Brutal como el rasgar de un fósforo, dirigido por Elizabeth Ledesma y producido por Mayra Caiza y Luis Ángel Saavedra de la Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos (INREDH), es una recopilación de testimonios de varios personajes que coincidieron en la vida de Gustavo Garzón y reconstruye su historia de vida, sus obras literarias, su desaparición y la lucha de la familia Garzón-Guzmán por verdad y justicia. Además, fue realizado en el marco del Programa de transferencia de Buenas Prácticas para la búsqueda de verdad, justicia y reparación integral en casos de graves violaciones a los derechos humanos y para su prevención.

Cristina cuenta que desde el preestreno del documental no ha dejado de pensar en la lucha de su abuela Clorinda

– Mi abuelita siempre ha sido una persona muy firme, valiente y resiliente –dice Cristina con una sonrisa en su rostro.

Conocer esta faceta de su abuela, que durante su niñez fue desapercibida, la ha cambiado

–Yo no sabía que ella iba a la Plaza Grande cada miércoles a protestar por Gustavo.

De eso tuvo noción ya en la adolescencia

– A mi abuelita siempre la voy a ver como una persona increíblemente fuerte, que no se dejó ni tumbar por todos los gobiernos que le han gaseado, le han empujado, le han negado cartas, se le han reído o le han cerrado las puertas. Ella ha vivido muchas cosas, ha vivido la desaparición de un hijo, la muerte de otros dos y sigue de pie.

Cristina también dice sentir ira y frustración, ya que a pesar de que Doña Clorinda exigió por diecisiete años respuestas al Estado ecuatoriano, no se ha logrado saber qué ocurrió con Gustavo. 

– Lo que me llevo de ella es que hay que ser de armas tomar y ser un poco rebelde también.

Asimismo, dice que es duro percibir que, 30 años después de lo sucedido con su tío, se sigan registrando desapariciones de otras personas en el país, sin que las familias obtengan respuestas.

– ¿Qué cambio ha habido en la sociedad?, ¿qué políticas públicas existen frente a personas desaparecidas?, ¿qué hace el Estado ecuatoriano por los familiares de personas desaparecidas?, ¿qué reparación les entrega? –se pregunta con indignación.

En 2007, el Estado ecuatoriano firmó la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, “instrumento internacional jurídicamente vinculante que busca prevenir este fenómeno y reconocer el derecho de las víctimas y sus familiares a la justicia, la verdad y a una reparación”. Por ello, el Estado tiene la obligación de proteger y prevenir las desapariciones; debe buscar a las víctimas, asistir a sus familiares y erradicar la impunidad.

Además de esto, en 2010, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 30 de agosto como Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. De acuerdo a la Declaración de la Asamblea General, sobre la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, “todo acto de desaparición forzada constituye un ultraje a la dignidad humana”.

Cristina, su abuela Clorinda y demás familiares y amigos de César Gustavo Garzón Guzmán continúan exigiendo verdad, justicia y memoria. El documental se está convirtiendo en ese impulso para que su lucha continúe, porque como dice Cristina: las personas desaparecen cuando no se las nombra.