Tiempo de lectura: 24 minutos

 

Las maternidades que queremos:

decididas, saludables, acompañadas y sostenidas

 

 

Por: Luisana Aguilar Alvarado@luibeagal y Génesis Anangonó Chalaco @genestefa

Edición: Ana María Acosta @yakuana

Ilustración de portada: Vilma Vargas @vilmavargasva

 

Publicado 31 de mayo 2021

 

 

Tiempo de lectura: 24 minutos

 

 

Al preguntarles a diferentes madres ¿qué se requiere para ejercer una maternidad plena? su respuesta, casi unánime, fue: que sea decidida, acompañada y con acceso a servicios integrales de salud.

La decisión como un punto de partida, el acompañamiento social, laboral, económico, afectivo y psicológico y, por último, políticas para acceder a servicios esenciales de salud tanto para ellas como para sus hijxs. Estos, como mínimos para transitar un camino que les tomará el resto de sus vidas. Y no se trata de elementos separados, sino entrelazados y complementarios, y que derivan de sus propias experiencias personales: a lo que renunciaron, lo que ganaron, lo que debieron hacer, con quienes contaron y las ausencias.

En Ecuador, 288.837 mujeres, adolescentes y niñas paren en promedio cada año. Se calcula que las mujeres tengan al menos dos hijos a lo largo de su vida fértil, de acuerdo a datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, ENSANUT, de 2018. Esto, ubica al país en el tercer lugar con mayor tasa de fecundidad general de Sudamérica, solo por detrás de Bolivia y Perú. Ecuador, también es el segundo país con mayor número de embarazo en niñas y adolescentes, solo superado por Venezuela, de acuerdo al Fondo de Población de las Naciones Unidas, UNFPA.

En este artículo hablamos de mujeres diversas que son madres y cómo el ejercicio de su maternidad refleja las falencias de un Estado y de una sociedad patriarcal, que controla el cuerpo de las mujeres, les impide decidir sobre su salud sexual y reproductiva, pero, a la vez, no les ofrece las garantías para el ejercicio de una maternidad saludable, plena y digna.

 

Una decisión de vida

Elizabeth y Andrea son integrantes de la organización Mujeres de Frente, un espacio de acompañamiento y reflexión feminista conformado por mujeres “diversas y desiguales”. Además de coincidir en ese espacio, Elizabeth y Andrea tienen en común algo: las dos tuvieron su primer embarazo cuando tenían diecisiete años.

Elizabeth continuó con su embarazo y tuvo a su primer hijo; luego volvió a ser madre a los dieciocho años, a los veintitrés tuvo una pareja de mellizos, y pasados los treinta años, tuvo su quinta, y última hija.

Andrea, por el contrario, a los diecisiete años, no se sentía lista para afrontar la situación en su adolescencia y, con ayuda de su madre, accedió a un aborto. A los treinta y cinco años fue madre de su primer y único hijo.

Ambas han llevado condiciones de vida completamente distintas. Elizabeth es comerciante autónoma, Andrea es docente universitaria. Elizabeth no continuó con sus estudios, Andrea tiene un título de doctorado.

De acuerdo a los datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos INEC, de las mujeres que fueron madres durante su adolescencia, el 50,07% consiguió culminar su educación secundaria o media, pero el 39,91% no pasó de la educación básica; solo un 2,06% llegó a los estudios superiores no universitarios y apenas el 1,33% llegó a contar con estudios universitarios. Según el estudioConsecuencias socioeconómicas del embarazo en la adolescencia en Ecuadorpublicado por el UNFPA en febrero de 2020, las mujeres que como Elizabeth fueron madres en la adolescencia, tienen menos posibilidades y capacidades para insertarse en el mercado laboral, y por tanto, tienen menos ingresos. En cambio, las mujeres que, como Andrea, postergaron su maternidad hasta una edad adulta tienen 6% más probabilidades de culminar la educación básica, y el 11% más, de alcanzar la profesionalización universitaria, de acuerdo al informe.

Las dos, además han vivido y enfrentado el ejercicio y las decisiones sobre de su salud sexual y reproductiva de distinta forma. Elizabeth no decidió ninguno de sus embarazos, simplemente los aceptó y los continuó; Andrea fue madre una vez que deseó serlo.

La salud reproductiva es un “estado de bienestar físico, mental y social y no de mera ausencia de enfermedades o dolencias, en todos los aspectos relacionados con el sistema reproductivo y sus funciones y procesos”. Así fue definida en 1994, durante la Conferencia Internacional de Desarrollo y Población celebrada en El Cairo. Este bienestar físico, mental y social está ligado a la posibilidad de disfrutar de una vida sexual sin riesgos y poder decidir si procrear o no, cuándo hacerlo, con cuánta frecuencia y en qué momento.

Las decisiones sobre el ejercicio de la sexualidad y la maternidad están enlazadas directamente con el bienestar de forma integral, en las tres dimensiones de la salud establecidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS): física, entendida como los procesos biológicos del cuerpo; mental, como la capacidad de gestionar los pensamientos, emociones y comportamientos; y social, como los factores sociales y económicos que influyen en el estado de salud de las personas.

–No decidí, pero me tocó aceptar esa decisión –dice Elizabeth, con voz pausada, algo entrecortada, y frunciendo ligeramente el rostro. Esta respuesta la lleva a recordar, que la mayoría de sus embarazos los debió enfrentar sola.

– Estaba sin padres, sin mi familia, sin el papá de los niños, sin la economía, sin la salud; porque yo en mis embarazos creo que fui unas tres veces a un control y nada más. Después ir, dar a luz, salir y no tener qué darles –cuenta.

Únicamente, durante su cuarto y último embarazo contó con la compañía del padre de su hija, que se mantiene al pendiente del cuidado.

Mariana, de 53 años, con apariencia robusta y habla con sencilleza, también forma parte de la organización Mujeres de Frente,  toda su vida ha trabajado de forma autónoma vendiendo frutas, helados y golosinas; es madre de ocho hijos y abuela de siete. Aunque no todos sus embarazos fueron planificados o deseados, decidió maternar y, como dice, se las arregló para afrontarlas a pesar de las condiciones de pobreza en las que vive. Para Mariana la maternidad tampoco fue fácil.

–En mis primeros tres hijos me sentía bien y alegre en todo sentido, pero ya vino el cuarto, luego el quinto. Mi madre falleció, ya no tuve la ayuda de ella, entonces para mí fue tenaz, porque pasaba casi sola, porque mi esposo era adicto al licor. Hasta el sexto hijo era como que no quería tener más, porque ya eran muchos. Pero, sin embargo, vinieron y he seguido luchando.

En Ecuador uno de cada cuatro embarazos no es planificado. De acuerdo a los datos de la Encuesta de Nacional de Salud y Nutrición, ENSANUT, 2018, el 73,55% de las personas encuestadas aseguraron que sus embarazos fueron deseados y planificados, mientras que el 16,35% son embarazos deseados no previstos y el 10,11% son embarazos no previstos. Los casos de Elizabeth y Mariana se enmarcan en aquel 16,35% de embarazos que no se planificaron, ni desearon, pero una vez que llegaron, la decisión fue mantenerlos. Esto muchas veces sucede porque las mujeres no acceden a información o servicios de salud sexual y reproductiva que les permita tomar otra decisión. El embarazo se convierte en el único camino. 

Andrea quien decidió abortar de adolescente y ser madre de adulta, cuenta que esa experiencia cambió la forma de ejercer su salud sexual y reproductiva:

– Tomé con mucha seriedad también, cuándo y de qué manera vivir mi sexualidad y por eso no volví a embarazarme hasta los treinta y cinco. Esa experiencia, ese aborto, me permitió un montón de cosas de la vida y por eso no pasé por las experiencias que las compañeras narran.

Andrea accedió a un aborto acompañada por su madre. Otras mujeres acceden a abortos a través de redes de acompañamiento y muchas otras se arriesgan a la clandestinidad, donde su vida corre riesgo.

La decisión, como primera condición para una maternidad plena está entramada de condiciones de salud, personales, sociales y políticas, que muchas veces limitan a las mujeres a vivir una maternidad como la desean.

 

Un riesgo del que nadie habla: la depresión postparto

Mujeres que en muchos casos, han decidido y planificado maternar se ven afectadas por el estigma social que supone que una mujer “realizada” debe ser madre, porque es su destino biológico y un mandato social que refuerza su identidad como “mujer”. Mayra Salinas, comunicadora y empleada privada, de 36 años de edad, lo sabe, pues luego de enfrentar un parto complejo que terminó en una cesárea, tuvo que enfrentar también una depresión posparto.

La depresión posparto se presenta con múltiples síntomas psicológicos y alteración de los patrones biológicos. Mayra los experimentó en forma de ansiedad, trastornos del sueño, cansancio, tensión, vómito y diarrea; y aun así no fue diagnosticada.

Mayra recuerda que luego del alumbramiento de su hijo se sentía muy abrumada, tanto que en el primer control de su bebé no podía responder las preguntas de la médica, porque las lágrimas le brotaban de los ojos sin que pudiera evitarlo. Recuerda que la médica le dijo que podía ser un efecto de la anestesia, pero que con el paso de los días se sentiría mejor. Pasaron los días, pero la situación no mejoró. Después, hasta su ginecóloga le dijo que eso se debía a que estaba “extrañando la panza”.

Mayra comenta que su ginecóloga cambió de institución, por lo que no pudo seguir consultándole sobre su estado que, contrario a lo que habían pronosticado, no mejoraba en absoluto, y esto empezó a afectar su desempeño diario y laboral.

Cuando Mayra volvió al trabajo y las primeras dos semanas recuerda:

– Me sentía la menos funcional del mundo, ya no lloraba tanto, pero no podía avanzar. Estaba en un abismo y no podía. Me podían preguntar al final del día qué había hecho, pero yo realmente no sabía, solo me sentía abrumada. Estaba en modo zombie.

Mayra dice que hasta ese momento no había recibido un diagnóstico y jamás le dijeron que tenía depresión posparto y que lo que experimentaba, tanto a nivel físico como psicológico, era ocasionado por esa depresión. Tuvieron que pasar cinco meses para ser diagnosticada.

Ella recuerda que cuando volvió al trabajo, una de sus compañeras le recomendó visitar a la psicóloga, la misma que al conocer su situación le dijo “todos los síntomas que tú estás experimentando son de una depresión”, por lo que inmediatamente empezaron el tratamiento que no tardó en hacer efecto sin necesidad de “medicación, ni psiquiatra”, sin embargo, le indicó que si en un mes no había evolución harían una “intervención un poco más agresiva y con medicamentos”.

De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (PAHO) la depresión posparto es un trastorno mental severo con una incidencia mundial del 15%, además está incluida en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales bajo la denominación de “trastorno depresivo durante el período perinatal”.

La PAHO vincula directamente la depresión postparto con el suicidio materno y el filicidio, que es el asesinato de un hijo o hija, cometido por su padre o madre. Además, esta es una de las principales causas de muerte materna durante el período perinatal, aquel comprendido desde la semana 22 de gestación (154 días) hasta el término de las primeras cuatro semana de vida neonatal (28 días).

La PAHO explica también que aunque los síntomas de la depresión posparto aparecen después del parto, las mujeres y personas con capacidad de gestar ya los experimentan durante el primer trimestre del embarazo, traducidos en: somatización, depresión, ansiedad y estrés específico del embarazo.

Mayra sintió todo durante el embarazo. Tenía miedo, porque no estaba convencida del todo de querer ser madre, ese no había sido su plan de vida. Y aunque la posibilidad de interrumpir su embarazo se le pasó por la mente, las consecuencias de la ilegalidad y clandestinidad que rigen en el país la hicieron desistir y continuar con su embarazo.

–No deseaba vivir con alguien, no quería tener hijos porque me parecía que la sociedad no está como para más niños y no podía ofrecer, no sé, un ambiente ideal que no existe– dice Mayra mientras se le quiebra un poco la voz, suelta una breve risa que le permite dar seguridad a sus palabras.

Cuando el hijo de Mayra nació, comenta, que aún tenía sentimientos encontrados y sobre todo culpa

– porque, claro, era un niño tan lindo, no molestaba era muy organizado con sus horarios de comida. Era un niño muy, muy lindo –dice

Pero ella, contrario a lo que se supone debería sentir, no se sentía “muerta de amor”, y pensaba que por no poder sentir mágicamente lo que se supone sienten todas las madres era una “mala mujer”.

– Sentía mucha ira, mucho, mucho resentimiento porque sentía que él vino a quitarme mi vida, lo veía como un extraño que vino a quitarme mi vida, entonces era muy difícil tener que dejar de dormir para cuidarlo.

En ese momento Mayra dice que se sentía desplazada y ni siquiera podía reconocerse cuando se miraba al espejo

– No me veía a mí, ni siquiera había una persona, era más como una masa de carne muy horrible.

Mayra Salinas fue superando la depresión postparto, con ayuda del tratamiento y el apoyo de su entorno más cercano. Pero no fue tan sencillo. Ella aún cree que existió un retroceso en su carrera a partir del nacimiento de su hijo por la fuerte afectación psicológica que vivió, y no porque su hijo haya limitado su desarrollo profesional como creía al principio.

–Fue muy duro –dice, y recuerda que apenas después de un año de terapias y de “obligarse” a ser madre, pudo desarrollar una relación de maternidad con su hijo Julián.

Hoy puede hablarlo, porque sabe que su testimonio servirá para ayudar a muchas otras mujeres que están viviendo lo mismo, en silencio. 

La depresión postparto no solo afecta a las madres o personas gestantes, también afecta directamente a las y los bebés y al vínculo entre ambos, por ello tratarla es necesario, porque caso contrario puede prolongarse por varios años, e incluso provocar afectaciones transgeneracionales.

Mayra lo sabe y portal razón cuestiona la falta de tratamiento psicológico tanto en el ámbito privado como público durante su embarazo. Según explica, en su caso no existió asistencia psicológica, todo se basó en lo biológico, en la salud física, pero no en la salud mental.

Ella lo tiene claro: de haber recibido un tratamiento oportuno, ella habría podido reducir el impacto que la depresión posparto le provocó y habría reducido las secuelas que le causó

– Sí, sí se hubiese podido aminorar este impacto porque es un impacto, no solamente para mí como madre. Yo no sé en qué nivel eso afecta a mi hijo, él tiene en este momento un Déficit de Atención mínimo, y yo siempre me pregunto si ¿será por la relación o la falta de apego que tuvimos en sus primeros meses? – se pregunta Mayra

La depresión posparto no es el único problema de salud mental que las mujeres y personas gestantes pueden experimentar y de lo que poco se habla. Las mujeres que son madres pueden sentir afectaciones psicológicas producto del entrecruzamiento con la salud social, por la falta de recursos, empleo, acceso a salud o educación, ya sea para ellas o sus hijos e hijas.

Al igual que Mayra, Mariana de Mujeres de Frente, vivió los efectos en su salud mental y la de sus ocho hijos e hijas. Recuerda que, durante una época compleja de su vida, requirió apoyo psicológico, sin embargo, no fue atendida, pese a haber recibido un turno del sistema público de salud. Dice que la única ocasión que pudo acceder de manera sencilla a servicios de salud mental para ella, sus hijas, hijos, nietas y nietos fue cuando su hijo fue detenido.

–Ahí me dieron un psicólogo para las niñas de mi hijo; entonces aproveché para mí y mis hijos también, les llevé a casi todos mis hijos– dice.

–Conversar con el psicólogo fue bonito, porque le puedes conversar las cosas que te pasan, tú le puedes decir libremente las cosas y él te explica.

Para Mariana esta experiencia le ayudó a superar una etapa, reconocer que la atención psicológica no se limita a los trastornos, y también la ayudó a saber cómo manejar posteriormente, las situaciones complejas que se experimentan a lo largo de la vida y que pueden verse profundizadas por la maternidad, cuando no existe un adecuado acompañamiento a la salud mental y a la salud social.

 

Maternar sin salud social

Estefanía* es abogada, es parte del Frente de Mujeres Trabajadoras y Ex trabajadoras del Sector Público, FMTP, y es madre de una niña. Erenuncias que hacen las mujeres que son madreshijos. Rs vvir una maternidad plena.  maternidad. lla diferencia la experiencia del embarazo y la maternidad, de la primera asegura que existe material de lectura con el cual una mujer se puede informar, pero para la segunda etapa no:  

– Nada puede prepararte para lo que viene después de que esa criatura sale de ti. Fue un embarazo muy deseado, esperado más de un año, sin embargo, ha sido tan duro el cambio, y claro, viene con la culpa de: ¿por qué me quejo si yo lo deseé tanto?

Para Silvia Álvarez, ex trabajadora pública, madre de una niña, compañera de Estefanía en el Frente, la decisión de ser madre en estos tiempos es muy compleja

–  Esta generación vive esas contradicciones entre ser mamá, ser mujer, ser profesional, ser académica. El momento de decidir ser mamá, también ya se vuelve complejo, relacionarlo con el ámbito laboral, porque una está consciente de los derechos que tienes como mujer y como madre, y al ver cómo te reprimen constantemente esos derechos en el mundo laboral, es más complejo todavía – dice Silvia

En esto coincide Lucía*, también ex trabajadora pública y madre de una bebé, quien dice que, aun cuando existe una planificación del embarazo y la maternidad que se apega a los proyectos de vida de la mujer o persona que materna, hay varias renuncias que hacen las mujeres que son madres

– No quieres renunciar a ser mujer, ser profesional y, en mi caso, ser artista; pero tienes plena conciencia que vas a tener que hacerlo, porque sencillamente el mundo y el sistema impiden desempeñar una maternidad en los términos que inicialmente la mujer o persona que gesta planificó y eligió.

Como trabajadoras del sector público Estefanía, Silvia y Lucía, tenían garantizados una serie de derechos establecidos por la ley: remuneración fija, afiliación al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, IESS, y por lo tanto acceso a los servicios de salud que este ofrece.

Estos derechos a las madres trabajadoras incluyen las doce semanas de baja de maternidad, y posteriormente nueve meses de tiempo de lactancia, que implica un horario laboral máximo de seis horas, de tal manera que esas dos horas se destinen para la alimentación de sus hijos, y la prohibición de despido durante estas fases. Esto consta en el Código de Trabajo y en las protecciones establecidas en Ley Orgánica de Servicio Público, LOSEP.

Además, desde 2019, tanto en el sector público, como en el privado, se deben implementar salas de apoyo a la lactancia en lugares con más de 50 trabajadoras en edad fértil, adecuados de forma accesible, higiénica, confortable para que las mujeres puedan dar de lactar a sus hijos, o extraer y almacenar leche materna, pero limita su uso a 20 minutos cada dos horas, tiempo que no incluyen el traslado a otro lugar fuera de las instalaciones. De acuerdo al Ministerio del Trabajo, a nivel nacional existen catorce mil salas de apoyo a la lactancia en el sector privado y tan solo cuatro, en el sector público.

Estos derechos fueron conquistados por movimiento sindicales y de mujeres a lo largo de décadas y tienen como base el cuidado de los primeros meses de vida del recién nacido. Sin embargo, el momento de ejercerlos, todas se encontraron con un ambiente hostil que afecta de forma particular la salud social de las mujeres que deciden ser madres.

Estefanía grafica esta experiencia

–Cuando una compañera era madre se notaba. Cuando un compañero era padre, no se notaba, ni se sentía, daba igual, trabajaba. Si había que quedarse de largo, se quedaban de largo –lo dice refiriéndose a jornadas extendidas de trabajo y tiempos extras que suelen generarse en las oficinas del sector público.

Silvia reconoce que antes de ser madre no tenía idea lo complejo que podía ser, pero una vez que fue madre, se vio haciendo la misma fila para timbrar en el biométrico

– Porque sabía que, si me demoraba cinco minutos, la nana que le cuidaba a mi guagua no iba a estar, porque ella también es mamá y tenía que ir a ver a sus hijos.

Para Silvia, estas “cotidianidades” que podrían no significar mucho para otras personas, afectan de forma particular a las madres en sus espacios personales y laborales. Otro de los problemas que ella destaca es la dispersión

– Estás pensando: ¿ya comió el guagua? ¿le fueron a ver de la guardería? ¿está bien cuidado?. Tú estás pensando en el guagua, y también ya te ven con esos ojos de ¡chuta esta man ya dejó de ser profesional!, y te ven como una carga en el espacio laboral, ya no eres la que colabora, eres una carga y ¡chuta, cuando se le acaba la maternidad!. Un poco así.

Silvia Álvarez fue separada de su cargo en la Secretaría Técnica de Planificación del Estado, SENPLADES en el contexto de la supresión de la entidad en mayo de 2019, en el marco de la optimización del Estado ordenado por el Decreto Ejecutivo N° 135 de septiembre de 2017. El personal fue evaluado para continuar o no en sus cargos en la Secretaría “Planifica Ecuador”, que se formó en lugar de SENPLADES, con excepción de las personas con vulnerabilidades, entre ellas las que se encontraban en periodos de maternidad y lactancia.

A pesar de que Silvia todavía se encontraba en etapa de lactancia, fue incluida en la lista de las personas que harían el proceso decompra de renuncia obligatoria”, y la institución terminó su contrato trece días después de la fecha en la que culminaba su periodo de lactancia, en diciembre de 2019. Este proceso afectó en total a 119 funcionarios y funcionarias, quienes fueron separados de la institución. Para Silvia, este despido también fue una represalia a su militancia política que venía realizando desde la Asociación de Trabajadores, por mejorar las condiciones laborales de compañeros y compañeras.  

Escenas como filas de mujeres esperando marcar el registro biométrico, descritas por Silvia, solicitudes de permisos, dispersión durante el trabajo, comentarios sobre la disminución de la eficiencia del trabajo de las mujeres, miradas condescendientes, represalias ante reclamos y despidos, son parte de ese clima hostil que viven las mujeres que son madres en los espacios laborales.

Todo esto empeoró con el inicio de la pandemia por la COVID-19. El 13 de marzo de 2020, Ecuador se declaró en emergencia por la propagación de virus y se tomaron medidas de confinamiento, por lo que todas y todos los trabajadores del sector público trasladaron sus labores al teletrabajo desde sus casas.

Lucía se encontraba en su período de maternidad, cuando inició la pandemia. Así que para cuando se reincorporó a sus labores, lo hizo en modalidad de teletrabajo. El horario establecido por su derecho de lactancia era de ocho de la mañana a dos de la tarde, pero en teletrabajo ese horario no se cumplía

– Tenía reuniones a las tres de la tarde, a las cinco de la tarde, tenía pedidos del ministro a las cuatro, y como eres de contrato – lo dice con desasosiego.

Lucía explica que ella era consciente que el estar “bajo contrato” significaba que en cualquier momento podría ser removida del cargo. A pesar de que en la Ley Orgánica de Servicio Público, LOSEP, la figura de contratos de servicios ocasionales tienen una duración máxima de un año con la posibilidad de renovar, siempre y cuando se cuente con la partida y el presupuesto, también contempla salvedades para las personas con discapacidad y las mujeres en etapa de maternidad y lactancia.

Durante los primeros meses de la emergencia sanitaria por la pandemia, el Estado recurrió a despidos masivos en las instituciones públicas, y permitió que ocurriera lo mismo en el sector privado, por lo que entre mayo y julio de 2020 se despidieron a 329.706 personas, de estas 115.066 fueron mujeres.

Amparadas por sus periodos de maternidad y lactancia, Lucía y otra compañera permanecieron más tiempo en sus cargos; mientras que el resto del departamento, conformado en su mayoría por mujeres, fueron despedidas y la carga de trabajo se redistribuyó entre las dos madres. Lucía recuerda que, si bien el teletrabajo le permitió estar con su hija, la invisibilizó como trabajadora

– En el teletrabajo no hay orden en tu cabeza y estás pensando en el cuidado y en el trabajo al mismo tiempo. No funciona.

Meses antes del inicio de la pandemia, la Corte Constitucional (CC) recibió al menos veinte denuncias por despidos de mujeres en procesos de maternidad y lactancia. Las demandas fueron acumuladas por la Corte, que emitió una sentencia de revisión de garantías en agosto de 2020. En la misma, no se pronunció sobre las demandas individuales, sino que dispuso la implementación de políticas públicas para la protección al trabajo de las mujeres en maternidad como lactarios y centros de cuidado infantil, entre otros, y la elaboración de un proyecto de Ley que incorpore el derecho al cuidado en el ámbito laboral. Sin embargo, en la misma sentencia, la Corte también eliminó una ampliación de la protección que las funcionarias públicas tenían. De acuerdo a la LOSEP, cuando una mujer culminaba su periodo de lactancia la ley la protegía de una finalización de contrato hasta el cierre del año fiscal.

El análisis de la Corte reza de la siguiente manera: “estando en igualdad de condiciones dos mujeres en periodo de lactancia con el mismo tipo de contrato (comparabilidad), reciben un trato diferenciado por el tiempo en que termina el contrato (categoría diferenciadora) y terminan teniendo un trato desigual (resultado). Si es que el periodo de lactancia concluye en enero el beneficio hasta el final de periodo fiscal sería de once meses; en cambio, si la lactancia termina en noviembre, el beneficio sería de un mes.”

Y bajo este argumento, en el que una mujer podría obtener mayor beneficio que otra dependiendo del mes en que concluya su periodo de lactancia, la Corte eliminó la extensión de esta protección.

Para el FMTP esto generó otro problema, porque las instituciones públicas acogieron la sentencia de la Corte para acabar los contratos ocasionales de las mujeres, apenas culminaran sus periodos de lactancia.

Esto fue lo que ocurrió con Lucía, quien planificó su maternidad sabiendo que corría el riesgo de despido por estar “bajo contrato”, pero también conocía de los derechos que la asistían y que lucharía para hacerlos cumplir. A pesar de esto, ella en su primer año de maternidad fue separada de su puesto de trabajo mucho tiempo antes de lo que ella había calculado.

 

 

El Estado para las madres: lo que ofrece y lo que quita

El tiempo es un recurso valioso para quienes ejercen la maternidad. Ya sea por el que puedan ofrecer de sí mismas para la crianza y cuidado de sus hijos e hijas, tiempo que no es remunerado, y el que puedan ofrecer al servicio del capital, es decir, el tiempo de trabajo que permita el sostener a la familia. En medio de estos dos espacios, que apenas pueden conciliarse, las madres no logran mirar por su salud integral y peor aún acceder a los sevicios de salud.

Alison Vásconez, especialista para ONU Mujeres, en su artículo “Entre crisis: reproducción social, cuidados y desigualdades de género” para la publicaciónEconomía para cambiarlo todoseñala que la pobreza del tiempo de las mujeres se traduce en pobreza en su calidad de vida “reduce el potencial de productividad del trabajo, impacta en la salud y bienestar de las mujeres y las niñas”.

De acuerdo a Velásquez, 70% de las mujeres era pobre de tiempo, mientras que los hombres solo era el 30%, para el 2018. Además señala, que a partir de la crisis sanitaria por la pandemia, han sido las mujeres las que han asumido los cuidados de salud.

Es es el caso de muchas de las mujeres madres presentes en este artículo, como Mariana.

– Casi yo no he usado médicos, yo me he cuidado casi la mayoría hasta el día de hoy, claro, no todo, a veces sí nos hemos ido a un médico particular donde nos cobre un poco menos la consulta porque, es muy duro coger un turno porque que no te atienden. Como mi madre era del campo y ya me ha enseñado a curarme con cosas naturales, como hierbas y todas esas cosas, entonces yo todavía lo asumo eso.

Mariana asume un rol que el Estado no llega a hacerlo.

De acuerdo al Observatorio Social del Ecuador, OSE; “el 75% de establecimientos de salud en Ecuador pertenecen al sector público, un total de 3321 establecimientos frente a 844 del sector privado. Los establecimientos del sector público comprenden: 53% del MSP, 21% del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) y el 1% restante de los Institutos de Seguridad Social de las Fuerzas Armadas del Ecuador (ISSFA) y de la Policía Nacional (ISSPOL)”. En su análisis, el OSE recalca que el sistema de salud pública del Ecuador ofrece el 92% de los servicios de salud del país.

La forma de acceder a estos servicios de medicia externa en el país es a través de la obtención de turnos por vía telefónica, cuando se trata de los establecimientos del MSP, al cuál puede acceder cualquier persona de manera gratuita. En el caso de los estableciemientos de salud del IESS, las personas que se encuentran afiliadas también pueden agendar turnos por la página web del instituto. La otra manera de acceder, también de forma gratuita, es a través del servicio de emergencias, cuando la afectación de salud lo amerita. Sin embargo, este proceso de solicitar turno, llega a ser lo suficientemente engorroso, como para hacer desistir a las mujeres.

Para Mariana, madre de ocho hijos, no le es posible disponer del tiempo para solicitar e insistir en obtener un turno y luego esperar quince a treinta días para recibir atención, y luego tomar más tiempo para exámenes

– Entonces ¿qué hace uno?, se va, busca un dinero fiado, qué sé yo, para poder irse hacer atender aparte –afirma.

Mariana tampoco conoció la gratuidad en la salud en la atención de sus partos

–  Antes todo se pagaba, así sea un pañal, se pagaba, tampoco te atendían fácilmente, me acuerdo yo, en mi primer parto, mi mamacita bravísima me hizo entrar.

Los siguientes cuatro partos los realizó en casa, con ayuda de su madre, por no contar con dinero para pagar la atención en un hospital privado.

Elizabeth, de 37 años, vive una historia similar, sus primeros dos embarazos apenas contó con chequeos prenatales, su tercer embarazo lo vivió encerrada en la cárcel de mujeres del Inca, ahí recibió atención médica a través de la organización Mujeres de Frente que gestionaba la atención para las internas. Su último embarazo fue el único que recibió atención en centro de la Nueva Aurora, en el sur de Quito, era un embarazo de alto riesgo, por su hipotiroidismo, trastorno que también lo padece uno de sus hijos, y que ahora le resulta más complicado tratar.

– Por la pandemia perdí los turnos y ahora no puedo conseguir un turno. A mi hijo le dan una transferencia al hospital Baca Ortiz, preguntan nombre del padre -no tiene-, y como no pueden llenar ese espacio no hay un especialista para él en ningún lado.

Al no contar con el turno en el sistema público, Elizabeth optó por acudir a un especialista privado donde paga veinte dólares solo por la revisión, a esto se le suman los costos de exámentes

– Una de dos: me alcanza para mí, o para mi hijo.  Yo dejo, me olvidó mis dolores, mi dolor del riñón, porque la el hipotiroidismo te afecte muchas cosas, y prefiero gastar en la salud de mi hijo, porque ahí está la maternidad. Yo necesito operarme. Pero mientras yo me preocupo digo “no puedo”, es que mi hijo es pequeño, mi hijo está creciendo, él tiene que estar saludable, hace deporte, tengo que apoyarle.

Estas trabas que Elizabeth ha enfrentado junto a sus hijos, no solo ha sido para su salud física, sino también en la salud mental. El mayor de sus hijos requiere atención psicológica, pero para acceder a esta debe volver al mismo ciclo de buscar turnos, o en su defecto pagar, con el riesgo de no continuar el proceso por la falta de recursos.

Para Estefanía Pérez, del FMPT, al momento se encuentra realizando teletrabajo, su salud física no tiene contratiempos, pero su salud mental siente que está comprometida.

–soy muy privilegiada para esta sociedad, para tantas realidades de tantas mujeres que están en condiciones totalmente peores que yo. Pero creo que todavía estoy procesando lo de la maternidad –dice con voz pausada.

Estefanía comenta además, que hay días en los que simplemente quiere llorar, pero bloquea constantemente estos sentimientos, para que no la afecten en su trabajo, siente que se coarta su derecho a la queja.

Estefanía presenta síntomas similares a los que tenía Mayra Salinas, antes de que le diagnosticaran depresión postparto, cuando varios profesionales de la salud minimizaron los síntomas, lo que impidió una intervención más temprana. Al conversar con Estefanía estaba por iniciar terapia en conjunto con su pareja, y esperaba que a través de esto pueda “desbloquear” aquellas emociones contenidas.

Elizabeth cuestiona tanto al Estado como a la sociedad

– Yo no puedo irme a un trabajo con mis hijos, no me van a aceptar, entonces ¿qué les doy de comer?. Si yo me voy con mis hijos a trabajar en la calle vendiendo, soy mala madre porque estoy trabajando con mis hijos. Si yo los dejo en la casa solos hasta irme a trabajar, yo soy mala madre por dejarlos solos a mis hijos. Si yo no salgo a trabajar y les mato de hambre por quedarme con ellos, soy mala madre porque yo no hago nada para darles a mis hijos. Entonces, la sociedad, el Estado no nos ve, solo juzga, juzga y no hacen nada –lo dice indignada y entre lágrimas.

Esta criminalización a la maternidad también la vivió Mariana. A lo largo de su vida como trabajadora autónoma, vio cómo fue cambiando la dinámica para las ventas ambulantes. Ella tenía un puesto de frutas, debió pagar a policías municipales para que le permitan continuar vendiendo, hasta cuando fue retirada del lugar y debió buscar otros espacios, afectando su economía. Mariana también fue “presa política”, cuando fue detenida la madrugada en la que su hijo fue trasladado del Penal García Moreno, hasta el Centro de Rehabilitación Social de Cotopaxi, en 2014. Fue acusada de “terrorismo” y permaneció diez días en la cárcel del Inca, donde asegura vio el maltrato que reciben las mujeres 

–  Como que quieren hundirte más –dice Mariana, usando una metáfora que expresa cómo funciona el sistema penal para las mujeres madres empobrecidas.

La maternidad para las mujeres privadas de la libertad es todavía más compleja. Elizabeth recuerda con mucho dolor cuando estuvo encerrada en la cárcel del Inca

– Mis hijos quedaron solos, totalmente solos. Una se siente culpable, y decía: sí, fui una mala mamá, pero ahora digo, no. No fui mala madre, las circunstancias me llevaron a eso, porque yo toqué muchas puertas y todas me las cerraron, incluso como dije hasta una iglesia llegué y también me las cerraron.

Al respecto, Oscar Ortiz, responsable de Salud Mental del Servicio Nacional de Atención Integral a Personas Adultas Privadas de la Libertad y Adolescentes Infractores, SNAI, reconoce que es complejo el tema de que las madres privadas de la libertad sostengan la cercanía co sus hijos, sin embargo, considera que se han hecho avances y se ha humanizado mucho más esta situación, aclara que “no de la manera que las madres quisieran, pero sí a los niveles que el Estado de una u otra forma puede proveer”. Uno de esas formas es través de beneficios penitenciarios, la coordinación entre ministerios y con el apoyo de organizaciones no gubernamentales, que donan pañales, alimentación, entre otros.

A pesar de que el Estado ecuatoriano cuenta con una normativa y una institucionalidad, que a primera vista, es garante de derechos, los testimonios de las mujeres tienen un relato distinto, por que tanto el Estado como la sociedad ha encargado el trabajo de cuidado y por ende la responsabilidad de la salud social casi de forma exclusiva sobre las mujeres.

Frente a esto, Andrea de Mujeres de Frente, plantea de forma crítica otras vías de demandas desde las mujeres que sostienen los cuidados

– No es solo preguntar cómo el Estado nos ha desatendido, sino también preguntarse lo que el Estado nos ha quitado –lo dice refiriéndose a la capacidad de las mujeres y personas con capacidad de gestar de ejercer la maternidad para gestionar sus necesidades y crear comunidades alternativas.

La maternidad de Andrea tiene un relato muy diferente al de sus compañeras de Mujeres de Frente y de las integrantes del Frente de Mujeres Trabajadoras del Sector Público. Antes de tomar la decisión de ser madre Andrea ya acompañaba a mujeres empobrecidas, excarceladas y familiares de personas privadas de libertad, académicas y de distintos sectores, que ya eran madres, y pudo reconocer qué es lo quería y lo que no quería para ella. Sin embargo, considera necesario reflexionar sobre las historias de sus compañeras y ver cómo el Estado quita las decisiones a las mujeres, quita la salud ancestral, quita el servicio de parteras, humilla y encierra a las mujeres por ejercer la maternidad.

 

¿Entonces qué es la maternidad plena?

Andrea Ávila es comunicadora y académica, fue madre a los cuarenta y un años, luego de acompañar a varias mujeres en sus maternidades y de informarse para eso. Ella, al igual que Andrea de Mujeres de Frente, pudo decidir con quien atender sus controles, la forma de parir y cómo maternar. Narra que el zoom, la herramienta digital de videoconferencias, ya era parte de su trabajo diario, porque hace mucho decidió teletrabajar, y asumir las cargas de trabajo que le eran posible asumir y se capacitó en metodologías Montessori.

Andrea Ávila admite que tomar todas estas decisiones que ha tomado están revestidas de privilegios, pero que deberían ser derechos para toas las mujeres que son madres. Por ese motivo abrió un blog llamadoPalabra de Mamá”, donde comparte las experiencias de diversas mujeres, y un espacio radial para contar las historias de experiencias de maternidad, en diferentes contextos y situaciones.

– Necesitamos acompañarnos– dice Andrea con voz firme y reconoce que vivimos en un sistema que no te deja maternar en plenitud y que no entiende la importancia de este rol.

– Nosotras terminamos sintiendo culpa. No conozco una sola madre que no se sienta culpable por no tener el tiempo suficiente para atender a su hijo y nos pasa a todas, incluso las que nos quedamos trabajando en casa. Entonces ahí necesitamos acompañarnos.

Para Andrea, el ejercicio de la maternidad plena es una militancia.

En los testimonios recogidos en este artículo, el acompañamiento era un factor crucial en la experiencia de la maternidad. Para Mariana, no fue lo mismo maternar cuando su madre vivía y la apoya, a cuando se vio sola. Para Elizabeth tampoco fue igual, cómo vivió su último embarazo con atención médica y compañía afectiva, en lugar de vivirla sola, como en sus anteriores embarazos. Silvia Álvarez del FMTP retornó desde Quito a su natal Riobamba, para encontrar apoyo con sus padres en el cuidado de su hija mientras teletrabaja para una organización no gubernamental. Mayra se recuperó de la depresión post parto, gracias al acompañamiento psicológico y al de sus familiares y el padre de su hijo.

¿Es posible que ese acompañamiento lo realice el Estado y la sociedad?, para estas mujeres así debe ser, y además, es necesario.

Silvia, en cambio, propone politizar la maternidad

– Que se reconozca que no es un problema solo de la mamá, ni solo familiar; si no que tiene que ver con todo un entorno que te garantice tener un espacio pleno de maternidad.

Para Lucía la maternidad es libertad:

– Es una cuestión pensada, planificada, decidida, que sabes que es tu decisión. Hacer lo más parecido a lo que te proyectaste. Mantener la libertad.

Para Elizabeth:

– Es una maternidad con acompañamiento en salud, moral, psicológica y físicamente,

Para Mariana:

– Sería con todos los implementos, por decir, tener salud gratuita, una atención buena.

Para Estefanía una maternidad plena:

– Es aquella que te permite decidir no solo desde embarazarte, sino también cómo llevarla, es una que se ejerce en una sociedad que te da todos los servicios que necesitas para que hagas las menores renuncias posibles.

Y para esta periodista, Luisana, que también soy madre de tres hijos, pensar en la maternidad plena es muy difícil sin caer en la narrativa de las carencias: lo que no se tiene. Porque el mundo hostil en el que llevamos nuestras maternidades nos recuerda permanentemente que ese no es un trabajo y por eso no se remunera, sin embargo a diario nos vivimos preguntando, ¿entonces por qué estoy tan cansada?. Ese mismo mundo es el que halaga tu habilidad para mover el mundo, pero no te perdona que bajes los brazos. El mismo que te exige hacer cada día más y más, no importa que simplemente ya no puedas. Entonces, nos reflejamos en nuestras abuelas y madres quienes parecían jamás cansarse, y de repente, vamos entendiendo el porqué de ciertas cosas.

La maternidad plena, para mí, es un ejercicio comunitario repleto de afectividad y aprendizajes, que seguimos construyendo en la medida que nos seguimos cuestionando todo lo que nos han impuesto.

Estefanía* y Lucía*, son nombres ficticios utilizados para proteger la identidad de las personas que nos dieron su testimonio y solicitaron confidencialidad. De igual manera, a pedido de las personas entrevistadas, se omitieron sus apellidos.