Tiempo de lectura: 8 minutos

Lasso y los Pandora Papers:

¿Con mi plata yo hago lo que me da la gana?

 

 

Por David Cordero-Heredia

* Una versión preliminar se publicó en Debate Constitucional

 

Publicado 19 de octubre 2021

 

Tiempo de lectura: 8 minutos

 

El Consorcio Internacional de Periodistas de investigación (ICIJ) publicó de una serie de información sobre cómo cientos de políticos, famosos, empresarios, millonarios de todo el mundo colocan sus fortunas en paraísos fiscales, con el fin de no pagar  impuestos en sus propios países. En esta investigación denominada Pandora Papers participaron 600 periodistas de todo el mundo. Si bien la práctica de evasión de impuestos por grupos millonarios no es una novedad, sí lo es constatar que varios políticos de América Latina y el Caribe participan en estas prácticas, entre ellos el presidente de Ecuador Guillermo Lasso, como lo cuenta un artículo de El País de España.

La información que involucra a Guillermo Lasso desató una discusión en redes sociales, entre quienes critican la práctica de sacar el dinero del país a paraísos fiscales y quienes defienden la práctica, con argumentos que se pueden resumir en: “con mi plata yo hago lo que me da la gana”.  Más allá de la discusión sobre la legalidad o no de sacar el dinero del país para colocarla en empresas off-shore en paraísos fiscales, quiero referirme a las cuestiones éticas y políticas de esta práctica, sus peligros para la democracia, el sistema económico y la paz.

 

Los derechos no crecen en los árboles

Los derechos son construcciones sociales. Cuando decimos que las personas tienen derecho a la vida, a la integridad, a la salud, a la educación, a la propiedad, etc. estamos describiendo un acuerdo social con connotaciones políticas. Algunas personas niegan esta realidad y describen los derechos fundamentales como derechos naturales y van más allá al decir que estos derechos son solo tres: libertad, vida y propiedad. Concluir que solo estos derechos son “naturales” y que todos los demás no son derechos, sino “privilegios” o derechos de menor categoría, no tiene sustento lógico, ni científico.

Una ley natural, es, por ejemplo, la Ley de la Gravedad  ¿Necesitamos que la Policía nos vigile para que no salgamos disparados hacia el espacio? ¿Tenemos a la justicia procesando a personas por flotamiento ilícito? No. La razón es sencilla: son las leyes humanas, es decir, las leyes de rigen nuestra convivencia, las que requieren ser impuestas por medio del control estatal.

Sería más honesto decir: “creemos que solamente la libertad, la propiedad y la vida deben ser considerados derechos fundamentales”. Eso es diferente y es un argumento político, que se puede debatir en la sociedad para que sus integrantes decidan sobre las líneas de conducta que se deben respetar. Por el momento, en nuestra sociedad, los derechos fundamentales, no solo son aquellos tres, sino que incluyen muchos más como salud, educación, vivienda, alimentación, ambiente sano, trabajo, entre otros que se encuentran en nuestra Constitución y en tratados internacionales ratificados por el Estado ecuatoriano.

Pero si ningún derecho es “natural”, su vigencia depende de que el pacto social se respete. Es decir, cuando alguien atenta contra el derecho a mi propiedad no aparece un campo de fuerza invisible que detiene al ladrón; sino que hay varias opciones para hacer valer ese derecho. La primera opción es que el Estado utilice su violencia para detener al ladrón. La segunda opción es que la sociedad esté conformada de tal forma que el ladrón no tenga la necesidad de robar y, por tanto, respete el derecho a la propiedad. La primera opción es poco efectiva y muy costosa. La segunda es mejor, pero requiere que la persona (el potencial ladrón) “crea” en el pacto social, es decir, esa persona debe tener la convicción de que el Estado está velando por sus intereses y que las leyes están administrando equitativamente las libertades que cedimos al Estado –cuando firmamos hipotéticamente el contrato social para buscar el bien común– y no solo protegiendo los privilegios de unas cuantas personas en la sociedad o los intereses de las personas que tiene propiedades.

Ese “creer” en el pacto social es muy importante. Si muchas personas mueren de hambre en las calles, mientras otras viven en la opulencia expresadas en noticias como: “Los amantes de los autos de lujo podrán ahora disfrutar de autos McLaren en Ecuador”, es cuando empezamos a tener distorsiones sobre el sentir de la gente respecto a la ley, al Estado y sobre todo a un derecho fundamental específico: la propiedad privada.

 

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La propiedad privada y su función social

Ante los crecientes niveles de desigualdad y pobreza en las grandes ciudades, fenómenos acelerados por la revolución industrial, el Estado liberal y el capitalismo, las ideas socialistas tomaron mucha fuerza en Europa en el siglo diecinueve. Las promesas de una dictadura del proletariado, de la propiedad comunitaria de los medios de producción, y de un trato digno a los trabajadores y las trabajadoras lograron el avance de movimientos políticos que pusieron a temblar el sistema liberal capitalista. La solución pragmática de varios economistas y políticos de la época fue racionalizar el sistema, empezar a dar a las masas pobres algunas concesiones, como el derecho universal al voto, derechos laborales, educación pública, salud pública, abolición de la esclavitud, entre otras. Todo esto con el fin de que grandes poblaciones no abandonen el “Pacto social liberal” y se decanten a favor de la causa revolucionaria socialista. Las nuevas concesiones le dieron un respiro al sistema capitalista, que logró mantenerse como el sistema económico hegemónico en el mundo.

Sin embargo, era un capitalismo limitado, con cara más humana, un capitalismo domado por las leyes dictadas por los estados que dio paso en varios países del norte a un “estado de bienestar” y la expansión de la clase media, como una postal: un hombre que trabajaba en una sola empresa y que sostenía una familia de varios hijos, que asistían a escuelas públicas, que era dueño de su casa y dos autos, con tiempo para viajar, recrearse y retirarse a una edad adecuada a vivir una vida digna con su pensión de retiro. Esta imagen se convirtió en la nueva promesa del capitalismo “con trabajo duro, esfuerzo, dedicación y libertad todos podemos prosperar”.

Pero, además, se empezó a hablar del fin social de la propiedad, como justificación de las grandes desigualdades que seguían existiendo en el sistema. ¿Por qué la sociedad toleraba que algunos de sus miembros tengan fabulosas fortunas pasadas de generación en generación? Porque esas fortunas generaban trabajo. Una producción basada en la industria requiere grandes capitales para producir y poner los productos en el mercado, por lo que alguien dentro del sistema debería estar en condiciones de poder invertir ese capital.

En resumen, si una persona con mucho dinero compra toda la comida disponible y se encierra en su casa, va a necesitar a muchas personas armadas para que los demás miembros de la sociedad no se olviden que la propiedad privada es una convención humana y asalten la casa, cual palacio de invierno del Zar. Recordar esto es muy importante si se quiere sostener el modelo capitalista: las personas más acaudaladas de la sociedad no pueden olvidar que la gente no les arrebata la propiedad privada porque,  se supone, con esa propiedad crean bienestar para todos y todas. Como recompensa de crear ese bienestar, pueden vivir con una serie de privilegios sin temor a que les linche una turba iracunda mientras detienen su McLaren en un semáforo en rojo.

 

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La riqueza se crea con trabajo, esfuerzo y talento

Uno de los errores que cometieron los zares de Rusia fue creer que toda la riqueza y el poder que ostentaban eran de origen divino. La riqueza se produce con el trabajo, o al menos así será hasta que las máquinas puedan hacer todo lo que hoy en día hacen las personas. Para que una empresa genere ganancias se requiere, por supuesto, un capital inicial, pero luego será la labor coordinada de todas las personas que trabajan en la empresa la que generará riqueza. Es verdad que sociedades empobrecidas, como la ecuatoriana, el dueño de un negocio puede despedir a todo su personal y contratar personal nuevo; pero eso no significa que el trabajo de las y los trabajadores no sean indispensables para que pueda generar riqueza.

Si los empresarios reconocen que su riqueza proviene del trabajo de sus empleados, entonces los empresarios y la sociedad empezaran a tomar acciones para que esos empleados tengan una vida digna, estabilidad laboral, tiempo de reposo, etc. Pero, además, si la propiedad tiene un fin social, esos empresarios deberían recordar que sus privilegios se basan en la promesa de que “van a generar prosperidad y fuentes de empleo”, por lo que sus ganancias no deberían destinarse para la compra de un nuevo McLaren, sino para coadyuvar al desarrollo material de toda sociedad. Eso se hace de tres formas: mejorando las condiciones de sus propios trabajadores y trabajadoras, reinvirtiendo en nuevos proyectos productivos y, sí, pagando impuestos.

Guillermo Lasso dona su sueldo como presidente de Ecuador, pero tiene su patrimonio fuera del país ¿no crearía más oportunidades y trabajo si trajese de vuelta su patrimonio al Ecuador? ¿No ayudaría más a la sociedad si ese capital pagase impuestos en el país?.

No me cabe duda de que los dueños de las grandes fortunas del país trabajan muchas horas al día y que tienen un conocimiento y talento para dirigir sus negocios, pero haber heredado el capital para los mismos, el tener el color de piel, el género y el apellido correctos ayuda mucho. Los guardias de seguridad, las personas que trabajan en la limpieza, quienes bajan las materias primas y suben productos de los camiones, también trabajan duro, pero no se pueden comprar un McLaren, a menos que su arduo esfuerzo, talento y trabajo logre heredar una pequeña fortuna.

 

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¿Por qué es entonces antiético sacar el dinero del país?

Es así como llegamos al punto de los Pandora Papers y Guillermo Lasso. Ya hemos establecido que “mi plata puedo hacer lo que me da la gana” no es una buena filosofía cuando hablamos de una sociedad desigual y empobrecida. Hay una delgada línea (imaginaria) entre la ruptura del pacto social –el desconocimiento masivo de la ley, la autoridad y la propiedad privada– y que la gente pobre siga siendo respetuosa de la ley, mientras espera su oportunidad de triunfar en la vida con trabajo duro, esfuerzo y talento. Esa delgada línea es sostenida por la promesa capitalista de la prosperidad y la famosa función social de la propiedad.

Esas dos promesas se rompen cuando los empresarios que mayor ganancias tienen deciden sacar esa riqueza a paraísos fiscales para evadir su responsabilidad de pagar impuestos. Esa riqueza, que fue creada en el país por miles de personas, brindaba la esperanza a los y las trabajadores de que algún día les iba a tocar una parte de esa prosperidad, sea porque el empresario decide mejorar los ingresos de sus trabajadores o sea porque accede a las prestaciones sociales estatales que se financian, en gran parte, vía impuestos.

De ahí viene la indignación a nivel mundial. Indignación provocada por la ambición de cientos de personas con grandes capitales, que sacan sus ganancias a paraísos fiscales, que teniendo ganancias no mejoran los sueldos de los trabajadores y trabajadoras, que no reinvierten en crear más plazas de empleo y que no quieren pagar impuestos.

Decía antes que ya a finales del siglo diecinueve un grupo de liberales capitalista pragmáticos buscaron humanizar el capitalismo buscando ciertas condiciones de bienestar para toda la población, no por humanismo, sino para alejar los fantasmas socialistas de sus sociedades. Las ambiciosas élites ecuatorianas y su discurso liberal decimonónico están poniendo en riesgo sus propios privilegios, la estabilidad del sistema político y la paz de nuestra sociedad. A fin de cuentas, ¿para qué me sirve un McLaren si no puedo ir a comprar el pan a la tienda en mi bólido, porque afuera de mi conjunto amurallado de Cumbayá ya se desató el apocalipsis?

En conclusión, el escándalo de los Pandora Papers pone al descubierto más de lo que Guillermo Lasso quiere admitir. El Presidente, sus asesores y simpatizantes tratan de minimizar el hecho de que por años sacó su dinero a empresas off-shore fuera del país y tratan de enmarcar los hechos en la supuesta legalidad de esta práctica. Incluso tachan de ridícula y abusiva la ley por la cual ningún funcionario público puede tener dinero en paraísos fiscales. Lo que no se dan cuenta es que la discusión va más allá. Es una discusión ética sobre los alcances de los privilegios y del mismísimo derecho a la propiedad. ¿Cómo podemos exigir respeto a la ley y a la propiedad a millones de personas que están por debajo de la línea de la pobreza cuando el propio Presidente se considera por encima de la ética que supuestamente gobierna la sociedad capitalista?

La fortuna de Lasso oculta en fideicomisos en algún lugar del mundo, que ya no figura a su nombre, representa potenciales oportunidades para miles de ecuatorianos y ecuatorianas de salir de la pobreza. Mientras a los pobres les exigimos que no roben un pan, que no vendan drogas, que respeta la ley; el Presidente del país no quiere sacrificar su fortuna pagando impuestos. ¿Es el sacrificio de morir de hambre igual al de disminuir el margen de sus fabulosas ganancias? ¿Qué futuro le espera a la democracia, al derecho a la propiedad y al capitalismo cuando la gente se de cuenta de que vive en un sistema pensado para que nunca mejore su condición económica, para que sus hijos sigan por generaciones en el mismo estrato social, para proteger solamente las grandes fortunas que ni siquiera generan impuesto, ni se mantienen en el país? Cuando la gente despierte, va a estar muy molesta.