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La memoria de Juliana

 

Por: David Revelo @skhunt92

foto: collage @Wambraec

 

La desparición de Juliana Campoverde cuenta mucho más que un proceso judicial cargado de inoperancia, es la historia de una joven que, como cualquier joven de su edad, amaba la música, trabajaba para pagar su universidad, quería viajar, tenía una profunda y legítima fé cristiana, pero que vivió años la presión y manipulación de los pastores de su propia iglesia, hasta que uno de ellos, Jonathan Carrillo, se sintió con el poder de secuestrarla y quitarle la vida. Elizabeth Rodriguez, madre de Juliana, es quien recuerda cada detalle antes y después de su desaparición.

 

***

 

–No hay un segundo en que deje de pensar en mi hija. Juliana, pedacito de cielo ¿dónde estás?.

Juliana Lizbeth Campoverde Rodríguez fue la mayor de tres hermanos, 1.63 metros de estatura, contextura delgada, un lunar en la parte superior del labio, cabello castaño y ojos cafés claros. Su familia la describe como muy responsable, ocurrida, una joven con sueños, anhelos, temores y fortalezas. Le gustaban las ensaladas de frutas y su actividad favorita era cantar. A los dieciocho años Juliana emprendió su propio negocio, un almacén de medicina natural, para costear sus gastos de la universidad. Juliana soñaba con viajar a Argentina a estudiar música.

La música fue su vida desde pequeña, su mamá, Elizabeth Rodríguez, lo recuerda:

–La mayoría de canciones que escuchaba Juliana se las aprendía y cantaba. Cuando entró al jardín participó de Estrellita de Navidad y ganó. Una de las preguntas que le hizo la profesora en ese evento fue: ¿qué quería ser de grande?, ella sin pensarlo dos veces le contestó que quería ser cantante.

 

El control

Oasis de Esperanza” es el nombre de la iglesia evangélica a la que Juliana ingresó junto a su mamá Elízabeth Rodríguez, su padrastro Walter Parrales y su hermano Ronny, en el 2003, cuando ella tenía nueve años. Esta institución estaba liderada por la familia Carrillo: Patricio y su esposa Edith, que pastoreaban junto a sus dos hijos mayores Jonathan e Israel. Los hermanos Carrillo estaban encargados del grupo de jóvenes, particularmente Jonathan, quien era el pastor.

En los primeros años July y su familia asistían fielmente al culto cada miércoles. Mientras ella crecía la presencia de la iglesia en su vida fue cada vez más fuerte, más aún cuando tuvo la oportunidad de unir sus dos pasiones: su fe en Dios y la música. Un día le pidió a su madre que le compre un pandero, así ingresó al coro de la alabanza de la iglesia.

Entonces ya no iba solo miércoles y domingos, sino también los jueves en la noche al curso de liderazgo y los sábados a los repasos de la alabanza para el domingo presentarse en el culto – recuerda su madre.

De acuerdo a los informes psicológicos presentes en los documentos del caso de Juliana Campoverde: “la religión era una de las piezas fundamentales en la concepción de su vida. Una parte importante de su identidad estaba dirigida a Dios”. recuerda su madre que su fe, materializada en la iglesia y sus pastores, marcaron una parte esencial en su personalidad y en su vida:

Cuando Juliana se presentaba con extraños una de las primeras cosas que mencionaba era la iglesia a la que asistía, e invitaba a la gente a escuchar la palabra de Dios .

Durante los nueve años que Juliana asistió, junto a su familia, a la Iglesia “Oasis de Esperanza” los pastores ejercieron un profundo control sobre su esfera privada incluyendo su familia.

–Los pastores decían que teníamos que contarles todo relata Elízabeth.

De ese modo podían decidir y manipular a Juliana usando la autoridad religiosa que ostentaban sobre ella. De acuerdo a testimonios recogidos por la defensa de la familia: “ellos (los pastores) decidían quién le puede tomar la mano, acompañar al bus o sentarse junto a ella en los cultos”.

July era castigada por medio de la música. Cuando tuvo quince años decidió llevar a su primer enamorado al culto de la iglesia. Los Carrillo no vieron con buenas ojos esta relación y la sancionaron del coro porque según ellos “todavía no tenía edad para tener pareja”. La presión era cada vez más fuerte, más asfixiante y más injusta. Varios meses antes de su desaparición July se da cuenta que el control sobre ella es mayor al que los pastores ejercen sobre otros feligreses. Así poco a poco July decidió alejarse de la iglesia y sus pastores.

 

Los sueños truncados

En noviembre de 2011 July recibió una solicitud de amistad de Facebook de un supuesto pastor – psicólogo de nombre Juan Solano. Ella aceptó la solicitud de amistad y empezó a entablar conversaciones con este supuesto “pastor español” que la manipuló por medio de su fe. Lo que se conoce en la investigación es que entre diciembre de 2011 y junio de 2012 Solano hizo dudar a Juliana sobre su viaje a Argentina, diciéndole que por medio de una revelación, Dios le dijo que ella tiene que casarse con el hermano del pastor de jóvenes de su iglesia: Israel Carrillo. En los peritajes también se revelan insinuaciones sexuales por parte del supuesto pastor.

Siempre firme a su fe Juliana le comentó de las conversaciones con Juan Solano a su pastor Jonathan Carrillo. Él, aprovechando su autoridad como líder religioso, le dijo a Juliana que Dios le reveló lo mismo. Su fe era tan fuerte que no pudo cuestionar la autoridad del pastor. Juliana desistió de su viaje a Argentina pero le contó todo a su mamá:

– ¡No quiero, no quiero casarme con Israel Carrillo! – decía asustada mientras contaba la conversación que tuvo con el pastor.

Elizabeth horrorizada por el relato de su hija y los comentarios de Carrillo, tomó la decisión de separarse de “Oasis de Esperanza” junto a su familia. El 22 de junio de 2012, dos semanas antes de la desaparición de Juliana, el supuesto pastor Juan Solano le envió un último mensaje:

¡Ya me tocará reír cuando les llegue la desgracia!

¡Ya me burlaré cuando estén muertos de miedo,

cuando vengan sobre ustedes temores y problemas,

desesperación y angustia,

como un torbellino que todo lo destruye!

Ese día me llamarán, pero no responderé;

me buscarán, pero no me encontrarán;

pues desprecian la sabiduría

y no quieren honrar al Señor.

(Proverbios 1:26 – 29)

 

La última vez

Juliana despertó temprano la mañana del siete de julio de 2012, se vistió y maquilló ya que esa tarde tendría su primera cita con su enamorado Fabián Mendoza. Ellos fueron amigos más de un año y ambos pidieron formalmente permiso a Elízabeth para estar en una relación. El día de la desaparición July estaba vestida con una blusa de franjas blancas con beige, pantalones jeans y zapatos marca Converse. Llevaba una cartera con la Biblia, su billetera y documentos.

Según la versión de Elízabeth durante la audiencia en el Tribunal de Garantías Penales de Pichincha en julio del 2019, ella y July salieron de casa y caminaron juntas hasta la estación de gasolina en la esquina de Mariscal Sucre y Ajaví, en el barrio la Biloxi al sur de Quito. En ese punto se despidieron cerca de las nueve de la mañana, cada una fue a abrir sus negocios. En este trayecto se encontraron con el expastor de Juliana, Jonathan C., evento que para Elízabeth fue extraño ya que él tenía auto y no había razón para encontrarlo caminando ya que “Oasis de Esperanza” no queda en esa dirección.

Aproximadamente a las 09:20 del siete de julio de 2012, es decir veinte minutos después de dejar a su hija en la parada, Elízabeth recibió una llamada de su esposo, Walter Parrales, ese día él tenía que ir al almacén de Juliana a retirar un dinero.

–Mándele a July que le estoy esperando– fueron sus palabras. Elízabeth se preocupó:

–July ya tuvo que llegar, hace rato que nos despedimos– respondió.

 

El trayecto que Juliana debía recorrer desde el punto donde Elízabeth la dejó son apenas cuatro cuadras. En medio de la angustia ella y su esposo llamaron al teléfono celular de July insistentemente, una de las llamadas se abrió. Parrales relató el dos de julio de 2019 frente al Tribunal, que contestaron la llamada y pudo escuchar gemidos y una voz de hombre que dijo.

–¡Deja ese celular que no es tuyo!

 

Luego de cuatro horas de no tener noticias de su hija, Elízabeth llamó a la Policía, desesperada marcó al 101 y conteniendo el llanto les pidió a los agentes que le ayuden a buscar a su hija que no llegó a trabajar y tampoco contesta el celular. El agente que atendió la llamada le respondió:

–Señora tranquilícese ahora los chicos se van de farra, se van con los enamorados, ya regresará

 

Con su desesperación de madre imploró ayuda y la respuesta fue un seco

–Tiene que esperar 48 horas para poner la denuncia.

Llegó la noche y con ella la incertidumbre crecía: ¿dónde está Juliana?

 

Los mensajes misteriosos

“Conocí a alguien y me voy con él, solo quiero ser feliz, cuando pueda le hago llegar las cosas del local”, fue el primero de tres mensajes que Elizabeth recibió entre el siete y el nueve de julio de 2012. Según consta en peritajes técnicos presentados durante el proceso judicial todos estos mensajes salieron de dispositivos asociados al pastor Jonathan Carrillo.

El 8 de julio de 2012, Elízabeth buscó en el local de July, pero lo único que encontró fue el lugar intacto, todo estaba ahí, incluído el dinero de las ventas del último viernes que Juliana lo abrió. Desesperada Elizabeth llegó a la Dirección Nacional de la Policía Judicial, al norte de la urbe y tuvo que suplicar para poner la denuncia y recibir la misma respuesta:

–Su hija se fue por su propia voluntad y ya regresará.

 

A pesar que la denuncia se asentó el domingo ocho de julio de 2012, le dijeron que recién el lunes nueve la podría recibir un Fiscal para a su vez asignarle un agente investigador. Elízabeth empezó a tocar puertas de hospitales, unidades de policía, medios de comunicación pero todo era inútil. Todos se negaban. A nadie parecía importarle. Con el dolor vivo y la incertidumbre consumiéndola, sacó fuerzas para imprimir volantes con la foto de su hija Juliana junto a la palabra: “Desaparecida”. Con cada uno que pegaba su alma se quebraba.

Tras la falta de voluntad de receptar la denuncia de la desaparición esa noche Elízabeth y su hermana Margoth Rodríguez fueron a la Unidad de Policía Comunitaria del barrio la Biloxi. En ese lugar les informaron que en el Regimiento Quito, al norte de la ciudad, se pueden ver las cámaras que hay en el sector donde Juliana desapareció. Así lo hicieron. Agotada por la búsqueda y la preocupación, los agentes de turno permitieron únicamente que Elizabeth ingrese, cuando vio las cámaras todos los rostros, para ella, eran Juliana.

Mientras Elízabeth intentaba inútilmente distinguir el rostro de su hija en las cámaras, sus hermanas la esperaban afuera del regimiento policial. De pronto, llegó Patricio Carrillo, pastor principal de la iglesia “Oasis de Esperanza” y les dijo que es inútil buscar a Juliana en las cámaras, que es mejor buscarla en otras ciudades, especialmente en las fronteras. Margoth, tía de Juliana, recuerda a Patricio Carrillo decir:

–Si creen que yo fui, métanme preso.

 

Elízabeth asoció esta reacción al encuentro que ella y Juliana tuvieron con Jonathan C. mientras caminaban juntas en dirección a la calle Ajaví la mañana del siete de julio.

El lunes nueve de julio de 2012, tres días después de la desaparición, a Elízabeth le asignaron un agente investigador de la Fiscalía y quedaron en encontrarse cerca de las 13:00. A las 12:30 Margoth, que también era feligrés en “Oasis de Esperanza”, recibió una llamada de Patricio C. quien le dijo que ha orado mucho y que en veinte minutos tendrían noticias de Juliana. La llamada se colgó y, según la versión de Elízabeth, unos diez minutos después recibió el segundo mensaje del teléfono de su hija:

–Estoy en Cuenca, cuando tenga la dirección les aviso, no tengo internet.

 

Elízabeth narró estos hechos y le mostró los mensajes al agente investigador con la certeza de madre de que quien los escribió no era July. El agente minimizó las palabras de Elizabeth y le dijo que responda a los mensajes diciendo: “La Policía le está buscando”. Esa fue la última vez que el teléfono de Juliana se prendió. El teléfono se encuentra hasta este momento desaparecido.

En la tarde del nueve de julio, Elízabeth recibió una llamada de Mishell Carrillo, hermana de los pastores de la Iglesia “Oasis de Esperanza”, le dijo que Juliana escribió una publicación abierta en Facebook: “amigos estoy tomando mis decisiones y les pido que las respeten, no se metan en mi vida”. En este punto Rodríguez estaba segura de dos cosas: ninguno de los mensajes los escribió su hija y todas las noticias sobre Juliana estaban siempre asociadas a los pastores Carrillo.

El martes diez de julio, al cuarto día de la desaparición de July, Elízabeth se reunió con la fiscal asignada del caso Ligia Villacrés. Ella fue con peticiones concretas: vincular a los pastores de la iglesia “Oasis de Esperanza” a la investigación, llamarlos a rendir versión, investigar sus teléfonos y que se realice una triangulación de llamadas porque ella dudaba de la veracidad de los mensajes que recibió del teléfono de Juliana. Ante estos pedido la fiscal respondió:

–No se preocupe que Juliana ya avisó que está bien en Cuenca.

Cuando Elizabeth increpó su respuesta fue invitada a salir de la oficina.

 

Los pastores no hacen eso

Los pastores Patricio Carrillo y su hijo Jonathan fueron llamados a rendir versión quince días después, es decir a finales de julio de 2012. Cuando los pastores rindieron versión los agentes investigadores no permitieron a Elizabeth ni a su abogado estar presentes.

Las investigaciones relacionadas al caso de Juliana Campoverde en sus primeros años, entre 2012 y 2014, fueron llevadas de forma muy negligente. Varios procesos que hubiesen sido cruciales en los primeros años como la dirección IP de donde salió la publicación de Facebook del nueve de julio, o la triangulación de llamadas de los mensajes de texto del teléfono de Juliana, fueron llevados a cabo meses e incluso años después. La primera reconstrucción de los hechos en el caso de Juliana Campoverde se hizo apenas en el 2014, cuando muchas evidencias ya estaban perdidas.

La fiscal Ligia Villacrés, la primera fiscal asignada del caso, llegó a un nivel de inoperancia que tiene actualmente abierto un sumario administrativo por sus actuaciones en el caso de Juliana Campoverde. La agente fiscal se negó a receptar una denuncia de desaparición y desde el primer momento minimizó los hechos basándose en estereotipos de género, luego se negó a procesar la investigación argumentando que ella también profesa la fe evangélica y presumía que “los pastores no hacen ese tipo de cosas” y por lo tanto no los investigó.

Desde el 2012 hasta septiembre de 2018, es decir seis años y dos meses desde la última vez que alguien vio a July, la investigación se mantuvo en la primera fase procesal: investigación previa. En esta etapa la Fiscalía recolecta información pero solo puede pasar a la siguiente fase, que es la instrucción fiscal, cuando él o la fiscal encargada decide formular cargos.

Ninguno de los diez fiscales que conocieron el caso de Juliana en ese período de tiempo decidieron formular cargos contra el pastor Jonathan Carrillo.

Esta inoperancia dolorosa terminó a principios de 2018, luego de seis años, cuando el caso de Juliana Campoverde cayó en manos de la fiscal Mayra Soria quien actuó de manera diligente. El cinco de septiembre de 2018 tras un allanamiento a la residencia del Jonathan C. se determinó que los mensajes que salieron del número de July el siete y nueve de julio de 2012 fueron enviados de un teléfono cuya identificación, código IMEI, era distinto al teléfono de la joven. Además en el allanamiento se decomisó la computadora de Carrillo con al menos 500 gigas de pornografía y fotos de Juliana Campoverde. Un peritaje técnico comprobó que Jonathan C. buscó en Google las palabras: “escopolamina” y “burundanga” durante el mes previo a la desaparición de la joven.

Jonathan Carrillo se acogió varias veces al derecho al silencio pero finalmente confesó que la mañana del siete de julio de 2012, él y Juliana, supuestamente, fueron juntos a un motel en el sector de El Recreo, al sur de Quito, ahí tuvieron relaciones sexuales, luego “ella murió en su presencia tras un forcejeo en el que cayó y se dio un golpe en la cabeza”. En la misma versión también aceptó que él se deshizo del cuerpo en la quebrada de Bellavista al nororiente de Quito. No ha aceptado culpa en los hechos que se le imputan.

El proceso abierto en contra del líder religioso se rige por los artículos 161 (secuestro) y 162 (secuestro extorsivo) del Código Penal. Además, según la Fiscalía, en el caso existe el agravante de que el agresor era parte del círculo íntimo de la víctima y que Juliana, fue secuestrada y asesinada por su condición de ser mujer.

 

La justicia

Familiares de Juliana Campoverde en audiencia de sentencia foto: Verónica Calvopiña de @wambraec

 

El 17 de de julio de 2019, Jonathan Carrillo fue sentenciado a 25 años de cárcel tras ser comprobado el secuestro extorsivo con resultado de muerte de Juliana Campoverde. La Fiscal Mayra Soria además solicitó medidas de reparación como: el registro de pastores a nivel nacional, el cierre de la Iglesia «Oasis de Esperanza» entre otras.

En el largo camino, más de siete años, que ha recorrido la familia de Juliana está claro que esta sentencia penal es solo un paso, pero mientras se desconozca el paradero de July – ya que el pastor se negó a hablar y decir la verdad de dónde dejó su cuerpo–, su familia no puede concluir el proceso de luto, necesario para honrar la memoria de Juliana.

 

 

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