Tiempo de lectura: 13 minutos

Estudiar: un privilegio en pandemia

Jóvenes entre la crisis y la exclusión

 

 

Texto por: Verónica Calvopiña @kinoraxx

Ilustración de portada: Angie Vanesita @angie.vanessita 

Infografías: Roberto Chávez

Video: Camila Albuja, Génesis Anangonó, José Mosquera

 

Publicado 04 octubre 2020

 

 

Tiempo de lectura: 13 minutos

 

Desde el 12 de marzo del 2020, Emilia y Katherine no han regresado a sus respectivos colegios. Ese día se suspendieron las clases presenciales en escuelas, colegios y universidades en Ecuador, a causa de la pandemia de la COVID- 19. Con ellas, casi dos millones de estudiantes inscritos para el período 2019- 2020, tanto en educación básica y en bachillerato general del régimen Sierra y Amazonía; y 700 mil estudiantes universitarios pasaron de tener clases presenciales, a recibirlas a través del internet.

La cotidianidad de las y los estudiantes sufrió un fuerte revés, pues tanto las clases como la relación entre compañeras y compañeros, ahora son virtuales. Katherine, cursa el tercer año de bachillerato en el Instituto Nacional Mejía; ella comenta que su curso era bastante unido, pero a raíz de la pandemia, solo se habla por chat con sus amigas. Pero la comunicación constante dice, es complicada porque no todas contestan los mensajes, y están alejadas.

Emilia, estudiante de décimo año de educación básica de la Unidad Educativa Isabel Tobar, coincide en que la socialización entre estudiantes se afectó, pero sobre todo la educación, pues asegura que ahora todo “depende de si tienes internet, una computadora, o simplemente conectividad, pero eso no da la garantía a los estudiantes de que puedan aprender”. 

Así, la típica imagen escolar, con chicas y chicos entrando a colegios con sus uniformes, o sentados frente a un pizarrón fue reemplazada con noticias sobre la falta de acceso a internet en los hogares, y por las maromas que hacían las y los estudiantes para intentar conectarse a clases o mandar deberes, sobre todo en comunidades indígenas o campesinas.

Katherine opina que aunque las y los maestros se esfuerzan, no es suficiente, porque ahora pesa mucho “La situación en cada casa. Cada estudiante está en un entorno distinto, que no siempre es favorable y que afecta muy fuerte a cada persona”. Es por ello, que a las habituales preocupaciones estudiantiles, dice esta joven, ahora se suma la presión de no poder conversar entre compañerxs, o expresar tus dudas antes las y los profesores.

En medio de la pandemia, un grupo de estudiantes y profesores crearon el proyecto comunicacional “Konsejo Comunicación”, en donde participan Emilia y Katherine. Este es un programa en redes sociales que nació con la idea de ampliar la voz de las y los estudiantes. En estos meses, han podido conversar con estudiantes de provincia y han confirmado que la situación es complicada “por la falta de recursos, por la falta de internet y por la desigualdad que existe”, menciona Emilia. De allí que ambas concuerdan en que la educación se ha convertido en un privilegio.

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Pandemia+ Crisis= deserción escolar

En 2020, la pandemia encontró al país con una crisis económica, y en medio de la aplicación de medidas neoliberales, que redujeron en los últimos años, el presupuesto destinado a educación. La educación ha sido uno de los sectores sociales más golpeados por la crisis económica, y donde las políticas económicas neoliberales del gobierno han hecho “ajustes”.

Así por ejemplo, pese a que las universidades públicas tenían aprobado un presupuesto de 1.177 millones, el gobierno les redujo a 1.080 millones para este 2020. Desde la SENECYT, se informó que esta reducción al presupuesto universitario se da por una baja en la recaudación de los impuestos a la Renta y al IVA, que según la ley del Fondo Permanente para el Desarrollo Universitario y Politécnico son una de las fuentes de dinero para las universidades. Pero los recortes en el presupuesto educativo no comenzaron este año, y tampoco se deben solo a la cuarentena.

En el caso de la Universidad Central, en 2018 recibió 154,175,581.780 millones de dólares y para 2019, su presupuesto bajó a 136,116,895.160. Para este 2020, tenían aprobado un presupuesto de 153.370.984,810, sin embargo con la reducción anunciada en mayo, su presupuesto bajo en 11 millones.

 

A la crisis económica y a los recortes de presupuesto, se sumó el confinamiento que paró las actividades de empresas, oficinas y de comerciantes autónomos.   En medio de la pandemia, vinieron los despidos y como consecuencia, una crisis económica en los hogares. Para Nicolás Reyes, consultor en temas de niñez y adolescencia, todo esto “Fue una combinación letal” que afectan principalmente a los sectores más empobrecidos.

Es así que un estudio reciente del Fondo de las Naciones Unidas para la Niñez, UNICEF, señala que 3.1 millones de niñas, niños y adolescentes en Ecuador estarán en riesgo de caer en condiciones de pobreza multidimensional. 

Este tipo de pobreza tiene que ver todas las carencias que sufre al mismo tiempo una persona o su familia, en cuanto a alimentación, vivienda, trabajo o a la educación. De tal manera que, producto de la pandemia, aumentó el número de familias ecuatorianas empobrecidas. Los datos recopilados por este organismo muestran que, antes de la pandemia, la pobreza multidimensional en el país alcanzaba el 43%, pero en los últimos meses se incrementó al 48.5%.

Al ver reducidos sus ingresos, en muchos hogares son niñas, niños y adolescentes quienes tienen que apoyar en el trabajo a sus padres. De tal manera, que se disminuye el tiempo que estas niñas y adolescentes dedican a su educación y ocio. Katherine quien está en un colegio público, comenta que la situación económica, familiar y social de algunos de sus compañeros de aula, ya era complicada “pero con la pandemia todo se multiplicó”. Estos adolescentes se han visto “en la necesidad de buscar emprendimiento para poder subsistir. Algunos regresaron a casas de familiares en la zonas rurales del país, y apoyan en temas de agricultura”, por lo que no tienen tiempo de estudiar, asegura esta estudiante del Mejía. 

Una situación similar pasa entre las y los estudiantes universitarios. Javier Cruz es estudiante de Psicología de la Universidad Central del Ecuador y forma parte del colectivo La Revuelta. Según comenta, por la crisis, tuvo que salir en medio de la pandemia, a trabajar en provincia. Pero asegura que hay otros casos más complicados en la Central “compañeros, cuyas familias que llegaron hasta la venta ambulante, que ellos mismo salieron a trabajar”. Destaca además, el caso de varios compañeros, que en medio del trabajo estaban recibiendo clases desde su teléfono.

Al respecto, un estudio de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe, CEPAL, y de la Organización Internacional del Trabajo, OIT, señala que más de 300 mil niñas, niños y adolescentes en la región podrían verse obligados a trabajar producto de “la desaceleración económica, el desempleo, la baja cobertura de protección social, y los índices de pobreza”. 

Para Nicolás Reyes esto es preocupante, porque “los avances se empiezan a revertir”, haciendo referencia a la reducción en las cifras de pobreza y de trabajo infantil logradas por Ecuador en años anteriores. Está situación incide en que aumenten las niñas, niños, adolescentes y jóvenes que se cambian de escuela, la abandonan o tienen que trabajar por falta de recursos.

Así, para el ciclo escolar 2020- 2021, en la Costa, se matricularon 2´570.685 estudiantes entre escuelas y colegios fiscales, fiscomisionales, públicos y privados. Y aunque  el número de estudiantes matriculados es mayor que el año pasado, cabe observar que el porcentaje de estudiantes que pasaron del sistema privado al público, creció en 2020, llegando a registrarse 56 mil traslados entre colegios.

Mientras que para el ciclo escolar en Sierra y Amazonía, se matricularon 1,822.615 estudiantes, cifra que se redujo en comparación del año pasado en poco más de 40 mil estudiantes. En este ciclo escolar también hubo un alto cambio de estudiantes de colegios privados a públicos. 

 

Sobre esta situación da cuenta Emilia, quien comenta que en su colegio, el Isabel Tobar, en este nuevo ciclo “hubo una cantidad notable de estudiantes que se retiraron para ir a colegios públicos”. Afirma que este número casi llegó al 40%. 

Skarleth Tamayo, presidenta de la Federación de Estudiantes Secundarios, FESE, confirma que para este ciclo escolar hubo un aumento de estudiantes en colegios públicos. De manera tal que por curso, afirma hay “salas de zoom con 50 estudiantes”.

En las universidades en cambio, no todas las y los estudiantes se matricularon, con respecto del semestre pasado. Paúl Plazarte, estudiante de Psicología de la Universidad Salesiana e integrante del Colectivo La Revuelta, menciona que en su universidad, hay problemas entre los estudiantes porque no todos cuentan con “dispositivos para acceder a las clases”, a lo que además, se suma la situación económica de sus padres, que en algunos casos fueron despedidos de sus trabajos. Otros estudiantes dice, tuvieron que dejar de estudiar porque ya no podían pagar el costo de la carrera.

A criterio de Paúl, ha existido una deserción muy grande en este período. Según una encuesta hecha por un grupo de estudiantes en la Universidad Salesiana a 974 compañeras y compañeros, el 76% aseguraba que pensaba en desertar de la carrera.  Y aunque no tiene una cifra oficial sobre la deserción en su universidad, si da cuenta de la baja en el número de compañeros para este semestre. De tener una media de 45 estudiantes por aula, ahora asegura, son 25. Esto mientras los costos del semestre se mantienen, y no existe una respuesta concreta por parte de las autoridades de la Salesiana.

Para Nicolás Reyes “La pandemia puso de manifiesto un mapa de desigualdades ya inexistentes”. Es decir, si antes había brechas en el acceso a educación, ahora esas brechas aumentaron. Solo una parte de todas las y los estudiantes han podido acceder a las clases virtuales. Otros miles de estudiantes en cambio, quedaron excluidos ante la imposibilidad de sus padres de pagar el servicio de internet o tener una computadora, indica Reyes.

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¿Y la conectividad?

Javier Cruz explica que entre sus compañeras y compañeros universitarios, “la principal problemática es el acceso” pues para las clases virtuales necesitan computadora o teléfono en buenas condiciones y por supuesto, el internet. A inicios de la pandemia, la Universidad Central de manera oficial, había comunicado que 8190 estudiantes no tenían acceso a internet. Según Javier, “no se sabe qué paso con estas personas y con su educación”.  

Otro problema también es la calidad de conectividad que depende del sector de la ciudad. En otros casos, las y los estudiantes comparten equipos con sus hermanos o sus hijos, en el caso de las madres y padres universitarios. A esto se suma, el costo que supone el servicio de internet. La Presidenta de la FESE, Skarleth Tamayo, acaba de recibirse como bachiller en el Colegio Amazonas, un colegio fiscal al sur de Quito. Ella comenta que su último año en el colegio en su curso eran 39 estudiantes “de los cuales solo 25 teníamos conectividad, y acceso a aparatos. De los 25, la mayoría accedía por plan de datos y para un día te lleva de 5 a 10 dólares”. Este costo era porque debían permanecer cuatro horas diarias, de 8H00 a 12H00, y con la cámara prendida.

Esta joven afirma que el costo de internet suponía un importante gasto para sus compañeros y compañeras, quienes en su mayoría son hijos de comerciantes o venían de provincias. Pero asegura que la situación es todavía peor en las zonas rurales, según se comentaba en las asambleas de la FESE, con representantes de otras provincias.

Según datos de la encuesta TIC- 2019, del Instituto Nacional de Censos y Estadísticas, INEC, apenas el 45.5% de hogares, tiene un buen acceso a internet. Mientras que el número de hogares con computadora, sea laptop o de escritorio, no sobrepasa el 30%. De igual manera, el porcentaje de personas que tiene un celular inteligente, que permite el acceso a internet, llega a menos del 50%. “Esto hace que muchos de las niñas, niños y adolescentes que no tuvieron acceso a la conectividad durante todos estos meses, realmente no hayan tenido un acompañamiento educativo. Es una cifra muy grande” enfatiza Nicolás Reyes.

 

A inicios de la pandemia, el Ministro de Telecomunicaciones, Andrés Michelena admitió que un millón de estudiantes no tenían acceso a internet. Esta declaración la realizó durante su comparecencia a la Comisión de Fiscalización de la Asamblea Nacional, en abril del 2020. Frente a los problemas de conectividad, el Ministerio de Educación activó programas en televisión, radio, y fichas impresas, a través del Programa Juntos aprendemos en casa”.

Katherine, estudiante del Mejía, recuerda que al inicio del ciclo escolar, el colegio preguntaba a sus estudiantes sus condiciones socioeconómicas, y sobre su acceso a internet y equipos tecnológicos, pero ya frente a la emergencia sanitaria, este diagnóstico previo no se tomó en cuenta.

Esta estudiante analiza que antes de la pandemia, las clases presenciales solventaban las necesidades de educación, y el acceso del internet no era la principal problemática, por lo que las y los estudiantes con menos recursos “tenían que conformarse con lo que les daban en el colegio”. Ahora en cambio, son esos estudiantes los que no pueden estudiar. “Nunca concebimos que tantos estudiantes no puedan estudiar por no tener un dispositivo electrónico”, dice con algo de tristeza Katherine.

De allí que Emilia, estudiante de décimo año del Isabel Tobar, asegura que nadie estaba preparado para una situación como esta: “El gobierno debería tener un plan, una estrategia diferente. Se notó que no había un plan por si fallaba la presencial”.

Todas estas circunstancias para Javier Cruz, estudiante universitario, muestran que la modalidad virtual: “Implica una elitización de la educación más allá de lo que ha venido haciendo, sesgando a los sectores populares y ahora, discriminando a los sectores que no tienen los medios para poder entrar a esta educación”.

 

¿Cómo están las y los estudiantes?

“Nos sentimos frustrados”, asegura Javier, al expresar los sentimientos que el confinamiento y la educación virtual ha dejado en él mismo y sus compañeras y compañeros de Universidad. Esta frustración tiene que ver con varios aspectos: la crisis económica, la situación en sus hogares, el poco acceso a internet y por ende, la dificultad de seguir con su educación. Para este estudiante de Psicología, todas estas situaciones han hecho que los estudiantes “salgan de su zona de confort, y tenga que enfrentar la realidad”.

A esto se suma la situación social y anímica. Según Paúl Plazarte, estudiante de la Salesiana, la Universidad permite el encuentro entre estudiantes, pero con el confinamiento y la modalidad virtual, asegura: “he notado que entre mis compañeros, hay ausencia de sus amigos”.

Sin embargo, frente a todo este panorama, tanto Javier, Paúl, Skarleth, Emilia y Katherine, aseguran que ni su colegio, ni la universidad se ha interesado en saber cómo están las y los estudiantes. Según Emilia, en su colegio se han hecho reuniones entre padres y estudiantes, pero no se han tomado “medidas serias”, para acompañar la parte emocional.

Asimismo, Paúl asegura que “no hay interés de la universidad por comprender o entender la parte subjetiva ni emocional de los estudiantes, sus relaciones interpersonales. Ningún docente nos pregunta sobre cómo hemos sido afectados”.  Esta frustración también se expresa a la hora de las clases, pues Paúl recuerda momentos en que ninguno de sus compañeros quiere participar. “Era frustrante que la profesora tenía que parar y decir – ¿Me escucha, me escuchan, están allí?-.

Javier también da cuenta de la misma situación. Menciona que de sus ochos profesores, solo una maestra les preguntó cómo estaban, al ver que sus estudiantes no respondían en clase. Para este joven: “Era frustrante para el docente también, porque es meter a la fuerza lo que tu hacías de forma presencial”.

Pero Javier Cruz, va más allá al señalar que tanto el gobierno, la universidad y su entorno se empeñaron en normalizar las cosas y en que los estudiantes se acoplen a las clases virtuales; sin embargo, no han puesto atención a los estudiantes que tuvieron que realizar trabajo de cuidado, solventar el contagio en sus familias, incluso asegura que no se sabe “cuántos compañeros habrán fallecido por la COVID-19”.

Para Nicolás Reyes, consultor en niñez y adolescencia, los temas emocionales también hacen parte de un desarrollo educativo adecuado. No solo hace falta la infraestructura o el contenido, sino que además, el sistema educativo debe interesarse por la nutrición, el bienestar emocional de las y los estudiantes, y porque estos, tengan un entorno libre de violencia.

Sin embargo, confirma que la salud mental es un tema en el que no se invierte en Ecuador, y donde “Se deja la parte psicoemocional de las y los estudiantes de lado”, a pesar de que el suicidio es la principal causa de muerte entre adolescentes y jóvenes.

A esta situación Skarleth, suma las desigualdades que viven las mujeres estudiantes. Algunas adolescentes con hijos dice, han salido del sistema educativo para buscar recursos. Otras jóvenes en cambio, han afrontado situaciones de violencia en sus hogares. 

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¿Qué pasa con la calidad de la educación?

Tanto Katherine, Emilia, Paúl, Javier y Skarleth, estudiantes entrevistados para este artículo, concuerdan en una cosa y es, que no están aprendiendo. Skarleth Tamayo es presidenta de la Federación de Estudiantes Secundarios, FESE, y relata su propio caso en su último año escolar: “Las clases virtuales fueron pésimas. Los docentes nos abombaron con tareas, que ni siquiera eran explicadas sino mandadas a las de Dios. Eran demasiadas, incluso de temas que no habíamos visto. Teníamos un tema por día”. Incluso comenta que a los estudiantes que no tenían acceso a clases por falta de internet, el colegio decidió mandarles al final, un portafolio lleno de tareas, para que se igualen: “Fueron como 10 semanas de deberes”. Pero Skarleth critica esta respuesta institucional porque asegura que: “En el fondo, el conocimiento no hubo ni para los que tuvimos internet, ni para los que no tuvieron”.

De su parte Katherine, estudiante del Instituto Nacional Mejía, también se queja de la sobrecarga de tareas, pero además, asegura que el tiempo de las clases virtuales no es suficiente para ver a fondo un tema: “Es difícil que en 40 minutos, expliquen un tema que les tomaría unas 3 horas clase. El tiempo en clases y deberes no es proporcional. Los deberes nos toman más tiempo”.

Un panorama similar ocurre en las aulas universitarias. Según Paúl Plazarte, estudiante de Psicología e integrante del Colectivo La Revuelta, la mayoría de estudiantes no está satisfecho con la educación virtual: “Esta educación va dejando huecos, vacíos que se verán de forma inmediata, y a largo plazo”

Nicolás Reyes enfatiza que la educación en el país, es de mediana y baja calidad, pues todavía hay un sistema de educación tradicional y memorístico donde, “Los docentes están desmotivados, y las familias no se corresponsabilizan”. Todo esto influye para que las escuelas y colegios no estuvieran preparadas para estas situaciones.

Si antes había brechas entre colegios fiscales y particulares, hoy con la educación virtual esas brechas se marcado más, enfatiza Skarleth Tamayo. “Hoy vemos con claridad el número de estudiantes que no tienen acceso a una educación de calidad y gratuita”.

Pese a estos problemas, Nicolás Reyes destaca que en los últimos años se hizo un gran avance para universalizar el acceso a la educación básica, aunque todavía menciona que falta mejorar los niveles de ingreso en el bachillerato y en la universidad.

 

Alternativas estudiantiles frente a la crisis

Frente a la crisis económica y las dificultades de la educación virtual, asociaciones y colectivos estudiantiles se han movilizado en los últimos meses para denunciar la baja en los presupuestos para la educación. Pero, además, han presentado una serie de propuestas ante el gobierno y sus colegios y universidades para mejorar su situación.

Así, las y los estudiantes de la Universidad Salesiana pidieron la reducción de los costos en las diferentes carreras de esta universidad, pues aseguran que en la modalidad virtual, no hay los mismos costos que en la educación presencial y tampoco por la pandemia, es necesario pagar rubros por libros, servicios universitarios, carnés o seguros médicos. Otra de sus exigencias, es el aplazamiento en el pago de las cuotas de matrículas y pensiones.

Paúl Plazarte afirma que hay casos en los que una persona debe matricularse para un nuevo ciclo, cuando todavía no termina de pagar el anterior. Por ello, las y los estudiantes de esta Universidad exigen que haya flexibilidad en los pagos y estos no se tengan que hacer puntuales. También llaman a que las autoridades de esta universidad se solidaricen con la situación económica de sus estudiantes. Según Paúl, el accionar de la Universidad no ha cumplido con las  expectativas que tenían sus compañeros.

En la educación pública, las exigencias estudiantiles van por exigir el presupuesto previsto por ley para colegios y universidades. Javier Cruz asegura también que tanto estudiantes como colectivos, están pendientes del envío de la proforma presupuestaria del Estado, a fin de monitorear el monto que destine para educación el próximo año.

En el ingreso a la educación superior también es un tema que preocupa. Hasta el año pasado, más de 250 mil estudiantes daban el examen de ingreso a las universidades. Pero según Skarleth Tamayo de la FESE, este año se inscribieron 189 mil estudiantes; y de ellos, solo 152 mil rindieron la prueba, la otra parte no tuvo internet o se le fue la luz. Aunque algunos rezagados dieron el examen días después, este número no fue suficiente, por lo que más de 90 mil estudiantes fueron rezagados de la educación superior con relación al año anterior. De allí que el ingreso a las universidades es una prioridad para la FESE. La otra gran demanda es el acceso a un internet de calidad para todas las y los estudiantes.

Las soluciones a la crisis en la educación también se dan en el plano más cotidiano. Katherine nos cuenta que en su curso, el 3er año de Bachillerato General en el Colegio Mejía, las y los estudiantes decidieron apoyar a sus compañeros que no tienen un acceso permanente a las clases virtuales: “Hemos visto la necesidad de organizarnos, de reenviar tareas, de resolver dudas de las materias para ayudarnos”. Aunque cree que hace falta una respuesta más general de la institución para resolver los problemas de sus estudiantes.

Katherine está consciente de varios de estos problemas y aunque lamenta pasar su último año de colegio en la casa, bajo una modalidad virtual, se siente afortunada de ser parte de ese porcentaje de jóvenes que aún tiene el privilegio de estudiar.

 

 

 

 

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