Volar

 

Casa Paula está ubicada en Orellana, fue creada en noviembre de 1998 por la Fundación Ayllu Huarmicuna, para atender a mujeres víctimas de violencia de género. Es parte de la Red de Casas de Acogida, conformada por tres casas más en Sucumbíos, Guayaquil y Cuenca. Geraldine Guerra es la coordinadora de la red, nos acompaña junto con Nancy, Psicóloga de la Casa, al salón grande para el taller de stop motion como parte de este reportaje. Antes Tía Juana nos brinda un almuerzo. Todas se encuentran, conversan en medio de la bulla de niños y niñas que botan el arroz y el jugo porque se subieron a la mesa pequeña destinada para ellos. Una niña, de apenas dos años, con ojos negros, cabello lacio, está sentada en una silla de madera adecuada para su tamaño; otro bebé duerme profundamente en un coche azul. La mesa grande está llena de adolescentes y niñas. Están con vestidas, con shorts, pulseras de mullos de colores en sus manos, uñas pintadas, ojos delineados, se ríen entre ellas mientras susurran algo, miran con curiosidad. Solamente hay dos mujeres adultas sentadas en la punta de la mesa, en completo silencio toman la sopa de fideo y carne preparada por Tía Juana.

Nancy es la responsable de acompañarlas con terapia psicológica; pero no solo eso, cuida a los niños pequeños, está pendiente de que todas coman, abre la puerta cuando alguien timbra, acompaña a las audiencias, y en el caso de las tres niñas embarazadas, acompañó sus cuidados antes, durante y después del parto. No es la única que tiene ese don de multiplicarse por mil. Todas las mujeres que trabajan en Casa Paula realizan el triple de trabajo para el que fueron contratadas: María Inés, Fabiola, Juana.

Casa Paula tuvo que adecuar su trabajo para recibir a niñas y adolescentes. No es lo mismo ofrecer un espacio de acogida para mujeres adultas, que uno para niñas o adolescentes. Las niñas necesitan actividades de recreación; las adolescentes estudiar, compartir con otras adolescentes; las mujeres adultas, en cambio, requieren independencia económica, ejercer actividades productivas para sostenerse y salir de la violencia, explica Amparo Peñaherrera, directora de la Casa de Acogida de la Federación de Mujeres de Sucumbíos, una organización feminista que lleva años trabajando por los derechos de las mujeres en esta provincia.

— Mantener una Casa de Acogida, con todo lo que implica es costoso, y hay cosas que el Estado no financia. Por ejemplo, ahora estamos con escasez de ropa de niños y niñas— dice Geraldine Guerra, coordinadora de la Red, mientras muestra la terraza donde está un tendedero hecho de alambre sobre el que cuelgan ropa de mujeres, de distintos colores y tamaños, varias blusas de niña, todas con huellas del tiempo. La ropa no es la falencia más grave, muchas de las niñas y adolescentes no cuentan con redes familiares de apoyo, perdieron su círculo social y educativo, entonces “quedan desamparadas”, explica Fabiola Llumiguano, trabajadora social de la Casa.

El taller que nos reúne es sobre “las niñas con superpoderes”. Todas escriben uno en un papel. Alado de Casa Paula queda el aereopuerto, miran a través de la ventana y ven despegar un avión. Entre todas deciden que el súper poder que quieren animar es el de “volar”. Dibujan pájaros, palomas, colibríes, loros, nubes que acompañarán su vuelo. Algunas salen del salón porque sus hijos lloran. Las que se quedan, pueden mover su muñeca para la animación y hacer que llegue a volar.

 


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