Tiempo de lectura: 19 minutos

CRÓNICA

 

El páramo está en Guayaquil

 

 

Por: Thalíe Ponce C @caleidoscopica

Fotografías: Fernando Bastias Robayo @NandoBastias

 

 

Publicado 5 de noviembre 2020

 

Tiempo de lectura: 19 minutos

 

 

«Los indígenas se estaban acercando a Guayaquil», fue una de las ideas que se impulsó desde la Alcaldía de la ciudad y algunos medios de comunicación sobre el Paro Nacional y el Levantamiento Indígena de octubre de 2019. Idea que tomó forma en una entrevista al exalcalde Jaime Nebot, líder del Partido Social Cristiano (PSC), cuando un reportero de Ecuavisa —televisión nacional— le preguntó:

—¿El número de personas con las que cuenta Guayaquil en el tema institucional, fuerza pública, Fuerzas Armadas, personal municipal es suficiente en caso de que quieran los manifestantes, o los que ya supuestamente están aquí…

Sin dejarle terminar la pregunta al reportero, Nebot dijo la frase que marcaría un discurso de un grupo político, y que fue retratado —erróneamente— como el sentir de toda una ciudad.

—Recomiéndeles que se queden en el páramo— responde Nebot y camina alejándose de la toma, mientras le da una palmada en el hombro al periodista.

Esta imagen del indígena como lejana y ajena a la sociedad y cotidianidad guayaquileña y cargada de estereotipos negativos fue presentada desde el discurso oficial y mediático durante el Levantamiento. Así lo narra la profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona Silvia Álvarez en su artículo El paro popular e indígena de 2019 en Ecuador: Una crónica etnografiada desde la Costa. «La construcción de un Otro interno como figura disruptiva amenazante, instalado a nivel colectivo se reflejaba en el etnocentrismo estigmatizante y racista que de manera inconsciente y coloquial se instaló en las conversaciones y en los discursos políticos y de opinión», escribe Álvarez.

Pero los indígenas no estaban en «el páramo» del que hablaba Nebot, estaban en Guayaquil, y no era una visita, sino que forman parte de la ciudad, de su historia y de su presente. Lo dicen los datos: la población indígena en Guayaquil pasó de 10.000 habitantes en 1990, a 250.000 en 2019 según el Concilio de Pastores Evangélicos Quichuas del Ecuador (Copaique), y el 75 % de ellos son guayaquileños de nacimiento. En Guayaquil el Instituto Ecuatoriano de Estadística y Censos del Ecuador (INEC) proyectó para 2019 una población de 2,7 millones, eso significa que casi la décima parte de los habitantes de Guayaquil son indígenas.

Pero lo que sucedió en octubre, no parece haber sido producto de una fuerza externa, sino algo que emanó desde adentro. Según Billy Navarrete, secretario del Comité Permanente de Defensa de los Derechos Humanos (CDH), en estas manifestaciones un actor nuevo se evidenció en las calles: «Organizaciones indígenas guayaquileñas, básicamente vinculadas a los mercados, estuvieron llenando la Nueve de Octubre y otras calles». Y agrega que su presencia, antes del Paro, no era usual en las manifestaciones en Guayaquil, «Acá hubo y masiva». Navarrete habla además de una particularidad sobre estas organizaciones: «están vinculadas a iglesias evangélicas, que tienen una influencia muy fuerte en la Sierra Central. Las organizaciones indígenas productivas vinculadas a los mercados de Guayaquil son de ese sector y están atravesadas por la religión». Muchas de estas organizaciones se tomaron el centro. Junto a trabajadores, dirigentes barriales, activistas por los derechos humanos, feministas e incluso artistas e intelectuales, protestaron contra las medidas gubernamentales. Así, en plena Nueve de Octubre —símbolo económico del centro de la ciudad— estos grupos se organizaron con una protesta que se caracterizó por sus componentes religiosos y artísticos.

Hugo Chango, vocero del Movimiento Indígena del Pueblo Kichwa de la Costa (Mopkice), dice que a pesar de haber perdido a diez hermanos indígenas en todo el país durante la protesta social de octubre, lo que ocurrió fue «una fortaleza». Opina que en la Costa —en especial en Guayaquil— «hubo una gran unidad de los pueblos indígenas. Sobre todo, el 9 y el 12 de octubre», los  cuatro últimos días del Paro Nacional que duró once días.

Había un descontento generalizado —dice Chango— ante el Decreto Ejecutivo 883 por parte del pueblo indígena. Un sentimiento que además se vio exacerbado por las palabras discriminatorias de ciertos líderes sociales y políticos, como el comentario de Jaime Nebot que se emitió en televisión nacional.

 

Chango explica que en Ecuador hay al menos cuatro organizaciones fuertes en representatividad de los pueblos indígenas. Además de la Confederación de Nacionales Indígenas del Ecuador (Conaie) y el Mopkice, enlista al Copaique y al Consejo de Pueblos y Organizaciones Indígenas Evangélicos del Ecuador (Feine). Este último, agrega, tiene representación en la Costa a través de la Federación de Indígenas Evangélicos del Litoral (FIEL) y la Concilio de Ministros Indígenas Evangélicos del Litoral (Comiel). Todos juntos, «dejando a un lado el tema religioso, dejando a un lado el tema de banderas organizativas, hicimos un solo frente».

Pero los indígenas evangélicos no eran los únicos. Las movilizaciones en la ciudad-puerto revelaron la manifestación de una organización barrial popular. Camila Martínez es miembro del Movimiento de Barrios en Lucha (MBL), que trabaja en un amplio espectro barrial en sectores desde Monte Sinaí hasta los Guasmos y dice que la avenida Nueve de Octubre se convirtió en los once días de Paro, en el «centro político para el sector activista» en Guayaquil. Ella cuenta que desde su agrupación decidieron ir a esa calle «porque queríamos plegar un sentido más político del tema. En los barrios sí había movilización, pero era una movilización dispersa».

La avenida Nueve de Octubre es la principal vía del centro de Guayaquil. Su nombre conmemora la independencia de la ciudad del imperio español en 1820. Tiene sentido, por su historia, que esta calle haya sido escenario político a lo largo de los años para concentraciones, marchas partidistas, protestas por los derechos humanos. Fue a lo largo de la Nueve de Octubre que, el 15 de enero de 2008, miles de personas marcharon a favor del oficialismo, convocadas por el expresidente Rafael Correa. En la misma avenida, una semana después, otras miles marcharon a favor de la oposición, lideradas por el exalcalde Jaime Nebot. Esta avenida también ha sido el lugar donde, en 2019, centenas de mujeres autoconvocadas marcharon el 21 de enero para protestar en contra de la violencia de género tras el femicidio de Diana Carolina Ramírez, en Ibarra. Así, nueve meses después, la Nueve de Octubre volvió a ser un punto de encuentro para la protesta social, esta vez, en contra de las medidas económicas del Gobierno de Lenín Moreno, que incluían, entre otras cosas, la eliminación del subsidio a la gasolina. Así Guayaquil —la segunda ciudad más grande de Ecuador— se unió al Paro.

 

 

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Aunque el 3 de octubre —el día que estalló el paro— se había declarado el estado de excepción, la Corte Constitucional declaró que no estaba autorizada la disolución de concentraciones y manifestaciones de protesta pacífica. Sin embargo, los agentes policiales que vigilaban las marchas en Guayaquil no actuaron acorde. «A pocas cuadras de la marcha festiva una policía preparada como guardia de asalto desbarató a la multitud usando gases lacrimógenos, gas pimienta y golpeando a quien se interponía. Los centenares de manifestantes fueron gaseados, perseguidos, dispersados, golpeados, detenidos y desaparecidas varias personas», cuenta la catedrática Silvia Álvarez en su crónica sobre el Paro.

El informe Vulneración de Derechos Humanos en el contexto del paro en la provincia del Guayas, de la CDH, concluye algo similar. El reporte habla del «nivel de agresividad con que la fuerza pública actuó frente a la ciudadanía, inclusive la que se manifestaba pacíficamente». E incluso señala que se registraron «casos de ruptura de bocas, fracturas de huesos, dientes, rotura de cabeza y brazos que acreditan dichas agresiones mediante el uso abusivo y desproporcionado de la fuerza así como la existencia de malos tratos y vulneración a la integridad personal».

El escultor guayaquileño Tony Balseca lo recuerda claramente. En los días del paro, él se organizó junto a otros artistas de Guayaquil, docentes de la Universidad de las Artes y amigos, para marchar en contra de las medidas que consideraba injustas. Se organizaron por WhatsApp sobre dónde y a qué hora encontrarse. Normalmente era en el centro de la ciudad, a la altura de la Casa de la Cultura, en la avenida Nueve de Octubre.

 

 

El 9 de octubre de 2019 Tony salió a manifestarse como lo había hecho días antes. Ya había sentido algo de temor porque había visto la agresividad de los agentes. Ese día llevaba un cartel que mostraba un dibujo artístico del cacique Tumbalá, un guerrero huancavilca, sosteniendo en sus manos la cabeza de Lenín Moreno y un mensaje: «Descolonízate Gkill». Su obra era una protesta con un simbolismo fuerte, pero en la calle solo estaba haciendo lo que todos hacían: caminar y gritar consignas en contra de las medidas del Gobierno.

Tony cuenta que en las calles García Avilés y Luque, en pleno centro de Guayaquil, él y sus compañeros vieron las calles «taponadas por militares». Hicieron un giro a la izquierda y pasó algo que no esperaban: otros manifestantes y ciudadanos empezaron a aplaudirlo y ovacionarlo al ver su cartel. Se emocionó, pero rápidamente ese momento se tornó confuso. Dejó de escuchar los gritos de ánimo de los que se sentían identificados con su obra y empezó a escuchar disparos al aire. No podía ver lo que estaba pasando, habían lanzado gases lacrimógenos. De repente, un grupo de uniformados lo tenían y le dijeron que iba detenido.

 

Según el séptimo informe técnico de la Defensora del Pueblo, entre el 3 y 13 de octubre de 2020, hubo 310 detenidos en Guayas. En Pichincha, 532. En la provincia costera se detuvo a casi un 60% de las personas que se detuvieron en la provincia que albergaba el corazón de las protestas. Camila Martínez, que salía a manifestarse con sus compañeros del MBL, fue una de las detenidas en Guayas. A pesar de haber estado en ese grupo, ella cree que es una «suerte» que no hayan sido más. Pero recuerda lo peor: algunos detenidos fueron torturados, algo que reconoce la misma Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

En enero de 2020 la CIDH presentó algunas observaciones tras su visita a Ecuador para constatar la situación de derechos humanos en el país tras las protestas de octubre. Una de las reacciones del órgano internacional fue de «alarma por la información recibida que señala tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes en el contexto de las detenciones». Estos incluyeron, según los testimonios recogidos por la CIDH, amenazas y agresiones verbales y físicas. Algunas personas fueron obligadas a hacer ejercicios, rociadas con gas pimienta y golpeadas con puños, patadas y hasta porras metálicas. «Fueron tan fuerte los golpes que recibieron esos compas que nunca ingresaron al registro policial porque tenían demasiado lastimado el cuerpo», asegura Camila Martínez.

Carola Cabrera es activista feminista y parte de la colectiva Infancia sin Violencia. Para expresar el dolor, la incertidumbre y el miedo que vivían en esos días quienes ponían el cuerpo en el espacio público, un día salió vestida completamente de negro, como una viuda. Se puso un sombrero grande del mismo color, se tapó la cara y solo dejó sus ojos a la vista. Para ella, «los once días del paro de octubre significaban nacer cada día. Porque quienes salimos a las calles, salimos sabiendo que estábamos poniendo la vida». Carola fue parte de las decenas de mujeres que, desde las organizaciones feministas, se unieron al Paro en el Puerto Principal.

La colectiva Aborto Libre Guayaquil, se pronunció el 4 de octubre sobre las medidas económicas a través de un comunicado y realizó un llamado a la protesta social. Aborto Libre Guayaquil es una agrupación de jóvenes feministas progresistas. Una de sus luchas prioritarias es el derecho a un aborto legal, pero también suelen adherirse a otras causas sociales y el Paro Nacional no fue la excepción. «Nos ponemos en pie de lucha en contra de las distintas formas de precarización laboral que promueve esta reforma, afectando así la vida de las mujeres», decía su comunicado. Y, desde entonces advertían sobre la violencia por parte de los agentes policiales en las calles: «Denunciamos la represión policial y militar que han sufrido compañerxs en las protestas a nivel nacional, recordamos a las autoridades que el derecho a la manifestación y la protesta se encuentra consagrado en la Constitución ecuatoriana».

La Fundación Mujer y Mujer —que trabaja por la visibilidad social y política de las mujeres lesbianas— fue otras de las organizaciones que desde el activismo feminista y LGBTI se unió a las protestas en Guayaquil. Una foto publicada en redes sociales muestra a las activistas de Mujer y Mujer con carteles que dicen «somos activistas no terroristas». En la convocatoria que realizó la organización a través de plataformas digitales escribieron: «Nuestra lucha como mujeres lesbianas no nos deslinda de la lucha social, es más fortalece nuestros vínculos y conciencia de clase con los sectores sociales de donde también provenimos, por ello exhortamos a otras personas, activistas y organizaciones #LGBTI a manifestarse y tomar acciones colectivas en el contexto de represión y violencia en el que nos encontramos».

Cuando Camila Martínez fue detenida, Mujer y Mujer, Aborto Libre Guayaquil, el CDH y el Centro de Promoción y Acción por la Mujer (Cepam Guayaquil) lanzaron un comunicado conjunto en el que exigían su liberación, que catalogaron de arbitraria. «Además, tememos que su privación de libertad ocurre en represalia a su reclamo por el maltrato sufrido por otro detenido y por su condición de mujer, defensora de los Derechos Humanos», agregaron.

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«El país camina a la calma, los indígenas, a la violencia». Con este titular, diario Expreso abrió su portada impresa del 11 de octubre de 2019. Los medios tradicionales, con la cobertura (o falta de ella) de determinados enfoques durante el Paro Nacional, ayudaron a perpetuar ciertas ideas empujadas desde la voz del oficialismo. Esta vez, este titular no solo continuaba asociando a los miembros de los pueblos indígenas con un comportamiento violento, sino que además mostraba segregación pues implicaba, de alguna forma, que los pueblos indígenas no son parte del país.

En el artículo Micrófonos cerrados: El paro de octubre en la prensa —publicado en la revista Filia de la Universidad de las Artes— José Miguel Cabrera Kozisek, periodista y director de la editorial de esa universidad, recoge el actuar de la prensa durante las protestas. En Gamavisión, recuerda Cabrera, una periodista le retiró el micrófono a una persona que empezaba a decir «Nebot es mentiroso», mientras que en RTS ocurrió lo mismo cuando otro hombre usó ese mismo adjetivo, pero refiriéndose al Gobierno. Asimismo, no se registraron en las páginas o noticieros de los medios más grandes las imágenes de agresión a los indígenas y otros manifestantes por parte de los agentes policiales. Estos momentos quedaron registrados por las grabaciones que hicieron organizaciones como la CDH o de ciudadanos que compartieron los videos en Twitter y Facebook. Por ejemplo, un video grabado desde un departamento en un edificio de la Nueve de Octubre muestra cómo uniformados tratan de dispersar a los manifestantes de una marcha con gases lacrimógenos.

—Empezaron con la tontera… — dice la mujer que está grabando, mientras las imágenes muestran a los manifestantes corriendo rápidamente, huyendo de los gases que acababan de recibir.

—Pero si ellos no hicieron nada— le responde otra mujer a su lado.

—Pero es que eso no pasa la prensa pues — continúa y se ve cómo la cuadra queda vacía luego de que los manifestantes se dispersaran hacia las aceras y calles contiguas.

—Esta es la situación que se está viviendo en este momento en la Nueve de Octubre. Una marcha pacífica se convirtió en esto gracias a la Policía Nacional del Ecuador — narra la otra mujer, tratando de dejar constancia de lo que sucede para los futuros espectadores de ese registro audiovisual, y en la calle ya solo queda una nube gris, como humo, flotando en el aire.

 

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El 9 de octubre, día en que se conmemoraban los 199 años de independencia de Guayaquil, la Alcaldía canceló las celebraciones y en su lugar, la alcaldesa Cynthia Viteri —junto a Nebot— convocó a la ciudadanía guayaquileña a una marcha «por la paz y en defensa de Guayaquil» en el boulevard Nueve de Octubre. El llamado fue a enfrentar en las calles a quienes «vienen a destruir nuestra ciudad» y «no merecen pisar las tierras que ustedes pisan». Viteri se refería de esta forma a los pueblos indígenas movilizados.

Varios medios cubrieron la marcha impulsada por el municipio. En una de las transmisiones, una mujer aparece junto a la descripción «manifestante por la paz» y dice frente a la cámara: «No nos han dejado trabajar siete días, estos malandros, estos indios, estos maleducados…». Según Silvia Álvarez, esta fue la forma en la que fueron calificados los indígenas durante las protestas: «ignorantes, aprovechados, violentos, brutos, vagos, sucios, maleducados, desobedientes, irrespetuosos y sobre todo incapaces de la reacción social que se observaba en las calles».

El Paro Nacional evidenció, además, un profundo desapego que muchos guayaquileños tienen de lo indígena; y un discurso que asocia ese legado con una inferiorización. Diana Naula, subdecana de Emprendimiento, Negocios y Economía de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo de Samborondón, escribió el 14 de octubre en Twitter: «A seguir trabajando, que Dios me mandó costeña y no indígena que vive de subsidios». En el blog Riksinakuy, el profesor de quichua Rasu Paza Guanolema —proveniente de la cultura Puruhá de la comunidad Balda Lupaxi en la provincia de Chimborazo— presentó en 2018 una lista de 98 apellidos prequichuas y quichuas que se mantienen hasta hoy en Ecuador. Por ejemplo, Quishpe, Guamán, Buñay, Tenesaca, Zumba, y, entre ellos, Naula.

El 14 de octubre de 2019, al día siguiente de que los grupos indígenas llegaran a un acuerdo con el Gobierno, el usuario @_logan tuiteó: «A mí me alegra muchísimo al menos que Guayaquil no se dejó saquear ni tomar por esos salvajes terroristas. Que sabemos elegir mejor nuestras autoridades. Que seguimos trabajando y no caímos en la vagancia de los indígenas. Guayaquil la tiene clara».

La idea de ser costeño o guayaquileño como opuesto a indígena es recurrente en la ciudad. Se cree, erróneamente, que los indígenas son —como decía Nebot— del páramo, de la Sierra. Pero la misma historia de Guayaquil tiene un origen indígena. La leyenda que explica el nombre de la ciudad, y forma parte de la tradición oral, habla de dos guerreros huancavilcas, Guayas y Quil, que vivieron en las tierras donde hoy se asienta Guayaquil.

Más allá de la leyenda, el pasado de la provincia del Guayas, y de la ciudad de Guayaquil, nos remite a la cultura huancavilca, una cultura indígena de la Costa de Ecuador, cuya cronología se extiende dentro del Período de Integración desde el año 600 hasta 1534.

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Los miembros del pueblo indígena salieron a protestar, algunos vistiendo poncho, anaco y bayeta, prendas tradicionales y simbólicas de los pueblos indígenas de la sierra centro y norte de Ecuador. El 9 de octubre fue uno de los días con mayor convocatoria, recuerda Hugo Chango.  «Había bastante afectación y rechazo de la ciudadanía a los comentarios y actitudes racistas», dice.

La marcha arrancó en el Parque Centenario, el corazón de la Nueve de Octubre y se caracterizó por su naturaleza pacífica, religiosa y espiritual impulsada por los indígenas evangélicos, quienes rezaron plegarias. También había un grupo de coro entonando cánticos y muchas mujeres estaban a la cabeza junto a sus compañeros hombres. Pero esa jornada, que debía mantenerse con ese espíritu de celebración, se fue tornando violenta debido a la presencia policial.

La alcaldesa ya había hecho el llamado a su propia concentración y el discurso desde la fuerza pública fue que la manifestación indígena y ciudadana no estaba autorizada. Sí lo estaba, en cambio, la impulsada por el Municipio y los líderes del PSC. «El permiso para ellos existía y para nosotros no. La consigna de ellos era a como dé lugar debilitar la marcha pacífica que había y que la Nueve de Octubre esté vacía para que pueda ser ocupada por la convocatoria de la alcaldesa», recuerda Chango.

«Brutal» y «bárbara» son las palabras que utiliza Chango para describir lo que considera fue una persecución por parte de la Policía Nacional y otros entes gubernamentales. Contra él —dice— existía una orden de captura, así como para algunos de los pastores evangélicos kichwas y otros líderes indígenas. Para evitar una detención, «muchos hermanos tuvieron que sacarme a la fuerza», recuerda. Por la tarde, incluso se cambió de ropa para no ser identificado.

Un video de ese día, que circuló en WhatsApp, muestra a un grupo de indígenas a quienes les fue negado el paso a la Nueve de Octubre por parte de la Policía.

—Venimos a trabajar, a llevar adelante a esta ciudad. No venimos a robar, no venimos a quitar —dice uno de ellos—, dignamente estamos luchando aquí.

Junto a él, una mujer vestida con anaco se dirige a los uniformados y explica que está utilizando esa ropa porque la intercambió con su prima ya que al ver ese atuendo, las identifican como indígenas, poniéndose en peligro.

—Nos estaban apuntando (…). Por ella me puse esto, porque no quiero que le pase nada. Pero a mí no me dejan pasar y ellos —señala con la mano en referencia a la marcha convocada por Viteri— están saliendo en la televisión. Aquí no hay televisión—, la secunda un compañero indígena. Y ella continúa:

— Qué somos? ¿Perros? ¿Animales?

Otro video capturó el momento en que una mujer fue golpeada por uniformados en la calle Primero de Mayo, entre las avenidas Quito y Machala. Dos mujeres corren, perseguidas por miembros de la Policía, una viste jean y la otra, anaco. La que tiene el pantalón logra escapar, pero la que viste el anaco es interceptada por un Policía y cae al piso. Llega un segundo agente a pie y, mientras ella sigue en el suelo, le caen a toletazos a vista y paciencia de un tercero que observa desde una moto. Uno, dos, tres, cuatro… catorce golpes. «A matar», es como describe Hugo Chango las imágenes de ese video. Y cuenta que luego de que este se hizo viral, ubicaron a la chica, quien tuvo que ser internada en un hospital luego del ataque.

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Hasta tanto, el centro de Guayaquil era el escenario para la protesta y la represión, los barrios marginales de la ciudad bullían. En algunos sectores periféricos de la vía perimetral —que circunda toda la ciudad— había paralizaciones; sin embargo, no eran acciones realizadas con un sentido organizativo, dice Camila Martínez.

Estos sectores invisibilizados en el imaginario de Guayaquil como el modelo exitoso del que habla el Partido Social Cristiano —que ocupa la alcaldía porteña desde hace 20 años— estaban marcados por algo más: el vandalismo. El Guasmo Sur, la Isla Trinitaria y el Suburbio —zonas suburbanas de Guayaquil— fueron espacios en los que hubo saqueos. Para Camila Martínez, este tema suele politizarse y se utiliza dentro del «relato de Guayaquil de los socialcristianos». De esta forma —dice Martínez— se cataloga fácilmente a esas personas como delincuentes.

Sobre esto Billy Navarrete, del CDH, dice: «Nosotros consideramos que hay una mecánica detrás de estos hechos, no los consideramos aislados ni espontáneos. Es un instrumento manejado desde hace mucho por el poder oficial en distintos periodos porque la figura del acto vandálico es muy útil para la represión», A lo largo de la historia —continúa el secretario del CDH— «los hechos vandálicos han sido muy útiles como justificación para la mano dura, que al aplicarla recae no solo contra esos hechos, sino contra las organizaciones sociales, como sucedió acá en el centro».

Los medios de comunicación tradicionales también pusieron el foco sobre estos hechos, dejando de lado la cobertura de la protesta social que tomaba lugar en el centro de la ciudad. José Miguel Cabrera Kozisek de la Universidad de las Artes, escribe en su artículo que «mientras ocurrían las manifestaciones, la web de Teleamazonas destacaba que una estación de bicicletas era víctima del vandalismo». Esta idea también se replicó en las redes sociales, donde una usuaria tuiteó: «A los delincuentes que están tratando de caotizar Guayaquil: Acá no les vamos a dar agüita, ni comidita ni vamos a llorar por sus derechos humanos. Acá gritamos ‘cógelo, cógelo’ y se jodieron». Esta narrativa, para Camila Martinez, quien trabaja en los suburbios, es peligrosa pues simplifica la extrema —y compleja— pobreza que vive la gente en esos barrios. Los saqueos ocurrieron en grandes cadenas de supermercados, como Tía, y no en los pequeños comercios barriales, ni en las verdulerías locales. «Claro que tienen un sentido de pandilla, nadie está diciendo que todo está bien. Como Movimiento de Barrios en Lucha no vamos a defender (los saqueos), pero categorizar y decir que los barrios son unos vándalos es una forma de despreciar la pobreza, de silenciar las condiciones estructurales que viven los compañeros».

 

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Hasta 2011, el 12 de octubre era denominado como el Día de la Raza. A partir de ese año —a través del Decreto Ejecutivo 910 firmado por el entonces presidente Rafael Correa— en Ecuador esta fecha se conmemora como el Día de la Interculturalidad y Plurinacionalidad. El objetivo fue «reconocer y rectificar el verdadero significado del acontecimiento del 12 de octubre, promover el diálogo entre las diversas culturas y saberes, fortalecer la unidad nacional en la diversidad de construir el nuevo Estado incluyente de paz y justicia». Un cambio que no fue reivindicado por el movimiento indígena, que recuerda este día como el Día de la Resistencia Indígena.

Aprovechando esa fecha, que coincidió con los días de Paro Nacional de 2019, los grupos indígenas en Guayaquil se organizaron para realizar diversas actividades culturales y religiosas como parte de un festival artístico. La convocatoria fue hecha para las 10:30 en la Nueve de Octubre. Pero ese sábado, la avenida amaneció militarizada. «Parecía un campo de guerra. Había policías, militares, uniformados con caballos, carros, volquetas», recuerda Hugo Chango.

El día en que se celebraría la interculturalidad, miles de indígenas en Guayaquil estaban siendo hipercontrolados. A la marcha se unieron, una vez más, activistas por los derechos de las mujeres y la población LGBTI, así como artistas, activistas y otros ciudadanos. La manifestación avanzó por la Nueve de Octubre bajo la custodia de policías y militares. La orden era que podían pasar únicamente hasta la calle Boyacá. Allí, los indígenas se arrodillaron para hacer una oración, pero al terminar, algunos insistieron en avanzar. En ese momento la Policía reaccionó: lanzaron gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes.

«Quienes realizamos la convocatoria vivimos una persecución brutal. El 9 de octubre recibí la llamada de uno de los líderes pastores quichuas que había sido detenido, lo habían llevado al Cuartel Modelo (de la Policía). A mí me sitiaron mi casa, me llamaron a amenazar», afirma Chango y calcula que ese sábado fue «tanta la sintonía de la ciudadanía que en Guayaquil hubo al menos 20.000 personas, entre indígenas y demás ciudadanos, marchando contra las medidas del Gobierno de Lenín Moreno en diferentes puntos de la ciudad».

Ese 12 de octubre, el comandante de la Policía de la zona 8 (Guayaquil, Durán y Samborondón), Ramiro Ortega dijo que no estaban autorizadas las concentraciones de acuerdo con el estado de excepción que regía en el país desde el 3 de octubre, primer día del Paro Nacional. «Hay una disposición de carácter legal que es el estado de excepción en el que se prohíbe la libre asociación, por ende, no puede haber reunión de personas, peor marcha de protestas e incumplimientos a lo establecido», indicó Ortega, citado por diario El Universo. Sin embargo, tres días antes, esa lógica no aplicó para la convocatoria realizada por la alcaldesa de Guayaquil.

 

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En Guayaquil, los medios digitales fueron clave para dar a conocer imágenes que, de otra forma, no hubieran quedado registradas. Entre ellos, La Voz de Paquito, una radio comunitaria liderada por compañeros indígenas. Este medio realizó transmisiones en vivo a través de Facebook de las manifestaciones ciudadanas en el Puerto Principal. En una de esas transmisiones —que tuvo más de 14 mil personas conectadas sintonizando— uno de los periodistas de La Voz de Paquito vestido de poncho, contó lo que estaba pasando. Con la voz entrecortada al borde del llanto, entre tristeza e indignación, dijo: «como que fuéramos ladrones, nos han hecho correr, han tirado piedras, pero aquí estamos, sacando la información».

En contraste, en los medios tradicionales era constante la presencia en televisión nacional de ciertos personajes como Pablo Arosemena, presidente de la Cámara de Comercio de Guayaquil. Arosemena fue invitado a TC Televisión a hablar sobre los impactos económicos del Paro, espacio en el que advirtió que «los comerciantes estamos tomando nota de qué tipo de colectivos están incitando a este tipo de actos vandálicos» y además dijo que iniciarían demandas por «afectaciones a la propiedad privada». Fue invitado también por Canal Uno, al programa Veraz. «Hay que volver a trabajar y dejar de paralizar. Es violencia económica andar bloqueando la actividad productiva», dijo en ese espacio conducido por el periodista Carlos Vera, afiliado al Partido Social Cristiano.

«Arosemena, que también estuvo invitado a un programa de entrevistas en Ecuavisa y que era un personaje indirecto de esta situación, tenía mucho más espacio que los miembros del movimiento indígena o cualquiera que se opusiera a las medidas», escribe Cabrera Kozisek en la revista Filia.

Asimismo, la detención del escultor Tony Balseca fue contada de manera superficial en los medios tradicionales, con notas cortas sin detalles que expusieran su detención como arbitraria. La historia se contó a profundidad en portales independientes como La Barra Espaciadora y en las redes sociales, en las que circuló un video —que no se encuentra en la página web de ningún medio masivo— que muestra cómo un grupo de policías lo levantan y se lo llevan detenido.

Su caso está enlistado en el informe de la CDH, en los que se evidenciaron violaciones a los derechos humanos. «El ciudadano fue trasladado al edificio de la zona militar y luego fue entregado a elementos de la policía nacional vestidos de civil, junto a otra detenida Magdalena Robles Largo, a quienes los trasladaron a la Unidad de Flagrancia ubicada junto al Cuartel Modelo de la Policía Nacional. Cabe recordar que los recintos militares no son lugares autorizados para la detención de ciudadanos», dice el documento. 

Tony estuvo detenido cerca de tres semanas. Fue acusado, por su obra, de incitar al odio. «Realmente no pensé que eso podía pasar», dice a un año de su detención. Cuenta que antes había estado en otras marchas y que nunca imaginó que esta podía ser distinta. Pero esta vez, su deseo de retratar el legado indígena de Guayaquil lo llevó a la cárcel. Allí vivió días que no puede olvidar. Cuenta que en las celdas estaban los detenidos tanto de las manifestaciones como de los saqueos. La palabra que viene inmediatamente a su cabeza es «claustrofobia», pues recuerda la aglomeración. «Pasadas esas rejas tratan a la gente como basura», dice y describe la actitud de los policías ahí dentro como «indolente».

A uno de sus compañeros de celda le escuchó una frase que le llamó la atención: «los de afuera son los animales, no nosotros». Con ellos pasó los días, que se hacían largos. Los días avanzaban y algunos salían, sobre todo otros que —como él— habían sido detenidos en las calles por protestar. Al tercer día, fue trasladado al CDP. Allí, alguien le habló de las reglas. «Aquí está prohibido robar. Aquí está prohibido drogarse. Aquí está prohibido deprimirse». Entonces comenzó a dibujar, la única forma de no romper esa tercera regla.

 

El escultor estuvo en la cárcel por un afiche, por un dibujo. Eligió a Tumbalá para su cartel porque lo ha estudiado desde hace años y lo describe como «uno de los personajes de nuestra resistencia. De ese panteón de indígenas ancestrales con los que de alguna forma hemos crecido». Quiso representarlo porque cree que esa historia ha sido invisibilizada y negada, y hay que mostrarla. Tony estuvo detenido por recordar, en medio de un discurso que rechazaba a los indígenas, que Guayaquil tiene, como todo el país, un legado indígena.