Tiempo de lectura: 9 minutos

Mujeres abacaleras contra la esclavitud

 

Por Wambra Medio Digital Comunitario @wambraec

Texto:  Karina Gallegos @karinagallegos y Ana María Acosta @yakuana

 

Publicado 02 de diciembre de 2021

 

 

Tiempo de lectura: 9 minutos

 

En Ecuador la esclavitud se abolió en 1852, hace casi 170 años; pero Susana Quiñonez, Aguedita Zambrano, Juliana Quintero junto a 123 trabajadores y trabajadoras abacaleros de la empresa Furukawa, en su mayoría afro descendientes, continúan luchando contra la “esclavitud moderna” en pleno siglo 21. 

 

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Susana tiene en sus manos una trenza de fibra de abacá. Se la pone en el cuello y se la vuelve a sacar; dice que esta representa las cadenas con las que ella y más de 1200 mujeres y hombres fueron explotados por más de 50 años, por parte de la empresa Furukawa. Ella es una de la líderes más visibles en una lucha que parece sacada de un texto de vieja historia, en blanco y negro, lejana a cualquier modernidad: contra la esclavitud.  

En Ecuador, la esclavitud se abolió en 1852, hace casi 170 años; pero Susana Quiñonez, Aguedita Zambrano, Juliana Quintero junto a 123 trabajadores y trabajadoras, en su mayoría afro descendientes, demandaron a la empresa Furukawa por someterlos a condiciones de explotación bajo “servidumbre de la gleba”, una figura del feudalismo que consiste en que una persona vive y trabaja sobre una tierra que pertenece a otra persona, por remuneración o de forma gratuita, sin libertad para cambiar su condición. Una forma de “esclavitud moderna”, contraria a los derechos laborales y prohibida por las leyes nacionales e internacionales del trabajo y los derechos humanos.

La palabra esclavitud no exagera su uso, cuando las trabajadoras y trabajadores abacaleros narran las condiciones en las que vivieron ellos, sus padres, madres, abuelos e incluso sus hijos e hijas: trabajar día y noche sin un salario mínimo;  vivir en campamentos sin acceso a agua potable, luz, ni servicios higiénicos; sufrir mutilaciones de piernas, dedos, brazos durante sus jornadas de trabajo sin que nadie cubra su atención; niños y niñas sin acceso a educación y trabajando jornadas igual de largas que sus padres; personas analfabetas y sin cédula de identidad; adultos mayores trabajando con sus manos dobladas y piernas partidas; parir en campamentos sin atención médica, hijos e hijas que luego trabajarán para la empresa; trabajar para comer; trabajar para poder permanecer bajo un techo; trabajar para morir trabajando.

Durante más de 50 años, las familias que hoy se declaran en resistencia, trabajaron en estas condiciones para la empresa Furukawa Plantaciones CA. Mientras tanto, la empresa exportó fibra de abacá hacia Estados Unidos, Europa y Asia. El abacá es una fibra ultra resistente y duradera usada para hacer papel moneda, y, cada vez más, usada en el área textil. “Ecuador es el segundo productor mundial de abacá, después de Filipinas, y solo en 2018 exportó hacia Estados Unidos, Europa y Asia 7.233 toneladas del producto, por un valor de 17,2 millones de dólares”, explica la periodista Susana Morán y Diego Cazar en un artículo de investigación

Furukawa es una empresa ecuatoriana, con  capital japonés, que cuenta con 32 haciendas, distribuidas en 2.300 hectáreas de tierra, en Santo Domingo de los Tsáchilas, Los Ríos y Esmeraldas, en la Costa de Ecuador. En estas haciendas, están los llamados “campamentos”, lugares donde viven las familias que trabajan extrayendo y procesando el abacá.  

Susana, de 61 años; Aguedita de 52; y Juliana, de 27 años, viven en estos campamentos y su trabajó se divide en dos jornadas. La primera, la de los cuidados, empieza a las cuatro o cinco de la mañana, para preparar el desayuno para su familia y para los y las trabajadores del campamento. El desayuno consiste en un majado de verde, un huevo, un café o una colada. 

– No nos permitían sembrar porque la tierra es de ellos. No teníamos derecho a sembrar –dice Susana.

Rodeadas de tierra fértil, en una zona climática propicia para sembrar banano y verde, las mujeres abacaleras salen a comprar sus productos “afuera”. El afuera significa de dos a dos horas y media de caminata hasta llegar a un camino donde pueden tomar un transporte que les lleva a un mercado ubicado a quince o treinta minutos. 

– Nuestro campamento, el de la Resistencia, es el más cercano. Hay otros que quedan tres a cuatro horas de caminata – dice Juliana. 

Las mujeres junto  a sus compañeros, esposos e hijos regresan con verde, cebolla, aceite, café y otros productos caminando. No lo pueden hacer en autos particulares porque la empresa les tiene prohibido usarlos.

–No podíamos entrar con carros porque las puertas siempre pasaban cerradas. Los únicos carros que pasaban eran los de la empresa. Decían que si pasábamos con carros era porque nos robábamos las fibras o nos podíamos robar el producto. 

El verde lo acompañan de café o agua de hierba luisa, pero en el campamento no hay agua potable para su consumo, por lo que usan el agua de lluvia o el agua de un riachuelo que durante el verano se seca y el agua se estanca.    

– Nosotras, la verdad,  tenemos que recurrir a ese medio por el tiempo de distancia y no tenemos lo económico para comprar un bidón de agua, entonces nos toca servirnos de esa agua – dice Susana.

– A mi hija, el agua le hace daño, y cuando ella está adentro hacemos lo posible para comprarle una botellita de un dólar, porque ella toma el agua esa y le da un cólico o una infección muy fuerte – Dice Juliana

– Muchos compañeros sí tienen dificultad con el agua e incluso algunos niños les ha llegado a salir granos enormes en la piel y les da comezón, diarrea. Nosotras también sufrimos eso. Cuando consumimos el agua nos afecta mucho la garganta y el estómago, sufrimos mucho de infección, pero cómo no tenemos dónde vivir nos ha tocado vivir todas esas situaciones – dice Aguedita

La segunda jornada de las mujeres abacaleras es en el “tendal”, un sitio que  está hecho de pilares, donde tienden la fibra. Esta es una tarea, que en su mayoría la hacen las mujeres en el día y en la tarde los hombres, cuando regresan de “tumbar”. 

– Mi marido es tumbador, y a mí sí me ha ayudado, pero ya en la tarde cuando él llega de tumbar, ahí él me ayudaba a recoger – cuenta Juliana.

– A veces la gente se va y no hay producto y a las mujeres nos  toca hacer su cualquier tres, cuatro y cinco, y correr al almuerzo – dice Susana.

Las mujeres también están pendientes de la máquina que saca la fibra, para que no se llene y de la máquina donde el maquinero pone la fibra, para que no se enrede. 

– Nosotros tenemos que estar pendientes tanto de la cocina y de la glaseadora no podemos descuidarnos – explica Susana.

El trabajo es constante, ya que si da mucho sol a la fibra se seca y se tuesta, y si está mojada ya no sirve

–  Si ya  no hay fibra seca ya no nos pagan – explica Susana.

– Para nosotros es duro sabe, porque nosotros aparte de ese trabajo tenemos que estar pendientes de la casa y otra que aparte de estar pendiente del tendal. Tenemos que dejar tendida la fibra y coger nuestro saco, subirlo al burro y de ahí ir a los esteros que quedan a distancia para poder lavar nuestra ropa –dice Susana.

Susana comenzó a trabajar en los campamentos desde los 8 años, no recuerda si más antes porque su papá ya era trabajador de la empresa. Su papá le contó que ante la falta de dinero, vieron que estaban solicitando personal y desde Esmeraldas migraron hacia la hacienda de Furukawa en Santo Domingo.

– Yo desde los 8 años trabajaba, yo le ayudaba a mi mami, a mi papi –recuerda Susana. 

Como la madre de Susana, las mujeres abacaleras, en su mayoría, dieron a luz dentro de los campamentos asistidas por otras mujeres que aprendieron de partería.

– Las mujeres de allá son acostumbradas a dar a luz ahí mismo en el campamento, mujeres que ya son encargadas de atenderlas o a veces también nos tocaba sacarlas en hamaca afuera, muchas morían ahí. 

Aguedita recuerda que así, dando a luz, murió Anita, una compañera del campamento.

– Unas no avanzaban, las sacaban de la hamaca a la vía, para poder llevarlas al hospital.

Susana dio a luz sus  siete hijos en el campamento, mientras que Juliana tuvo complicaciones y tuvo que salir al hospital.   

– Más que todo yo tuve complicaciones por el agua, porque yo lavaba mucho y como el agua es fría, por más que yo me hice abajo, no pude dar a luz, y llegué al hospital y tenía hemorragia. Tuve complicaciones –recuerda Juliana.

Muchos de los niños y niñas que nacieron en los campamentos no están registrados, y por tanto no existen para el Estado ecuatoriano, solo existen para la empresa como mano de obra barata. 

La Defensoría del Pueblo, en su informe, incluye evidencias de que Furukawa permitió el trabajo infantil, prohibido por la Constitución. A esto se suma que muchos de los niños y niñas no saben leer ni escribir porque jamás fueron a la escuela. De los siete hijos de Susana, solo dos fueron a la escuela y ninguno terminó el colegio. Los demás crecieron trabajando para la empresa. 

Los hijos de Juliana sí van a la escuela, pero con la pandemia por la Covid-19, cada vez se dificulta sus estudios por no contar con internet para las clases virtuales. Juliana, tiene 27 años y también está estudiando y espera concluir sus estudios para salir de la empresa. Por ahora ella y su familia permanecen en el campamento que denominaron “La Resistencia” donde las trabajadoras y trabajadores permanecen tomados las tierras para impedir que la empresa derrumbe los campamentos, que hoy son la evidencia de la sistemática violación de derechos humanos. 

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La resistencia

En 2019, 123 trabajadoras y trabajadores de Furukawa se declararon en resistencia y demandaron a la empresa, al Ministerio de Trabajo y otras instituciones del Estado. La Defensoría del Pueblo emitió un informe técnico donde constató las “graves vulneraciones de derechos humanos” a más de 400 familias. El informe dice que “constató que decenas de familias viven y trabajan en condiciones indignas e inhumanas en campamentos instalados dentro de las haciendas de la empresa Furukawa.” Además explica que “estos hechos configuran una forma de servidumbre que constituye esclavitud moderna, práctica prohibida por Tratados Internacionales, la Constitución del Ecuador, el Código de Trabajo y el Mandato Constituyente”

En abril de 2021,  un juez constitucional sentenció a Furukawa a indemnizar  a 123 trabajadores y trabajadoras.  Pero eso no fue el fin. Desde ese momento, inició un nuevo proceso de lucha para que Furukawa cumpla con la sentencia. Pero la empresa, en vez de hacerlo, inició un hostigamiento a las personas que la demandaron.

La campaña #FurukawaNuncaMás, creada para acompañar a las y los trabajadores abacaleros en la búsqueda de justicia, denunció que la empresa demolió campamentos donde todavía permanecían familias, ha amenazado a defensores y ha colocado fuerzas de seguridad; todo esto a pesar que las familias tienen medidas cautelares que los protege de desalojos.  Ante esto, las familias y varias organizaciones campesinas y de derechos humanos se han unido en la campaña para exigir que la empresa cumpla y que el Estado garantice que lo que vivieron las trabajadoras y trabajadores abacaleras no se repita en los campos de Ecuador.

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Karina Gallegos: “Las  mujeres y hombres afrodescendientes seguimos enfrentando toda clase de discriminación y racismo”

Karina Gallegos

Me enteré por primera vez de lo que sucede en Furukawa por medio de un reportaje periodístico en la televisión y desde ese día no hemos parado de acompañar y de ayudar en todo lo que está a nuestro alcance. Recuerdo que el 19 de diciembre de 2019 vinieron los relatores de la ONU y fue allí donde conocimos a Segundo Ordoñez y a Mayra Valdez,  parte de las familias que resisten en los campamentos de Furukawa.

Ese día hablamos muy poco y recuerdo que les pedimos la ubicación de los campamentos para irlos a visitar y junto con mis compañeras de Afrocomunicaciones planeamos el viaje y todo lo que queríamos hacer ese día allá. Cuando llegó el momento de ir, por cuestiones de trabajo mis compañeras no pudieron ir, pero yo sí.

Nunca voy a olvidar las caritas de alegría y felicidad de los niños y niñas cuando me vieron llegar. Yo sabía que no podía llegar con las manos vacías y les llevé unas golosinas y eso bastó para ganarme su confianza y que poco a poco me contaran sobre varias de las necesidades que tenían. Después entendí que era porque se acercaba la navidad .

Recuerdo también que ese día lo que más necesitaban los niños y niñas era zapatos y me dieron todas las características para que la próxima vez que vaya les fuera llevando. Mi corazón se oprimía al escucharlos,  no sé de dónde sacaba fuerzas para no llorar delante de ellos al mismo tiempo que maldecía a la empresa por tenerlos en esas condiciones.

Han pasado dos años y el dolor y la rabia siguen en mí cada vez que los veo; porque a pesar de que ya existe una sentencia ganada, las condiciones de las familias sigue siendo la misma. A pesar de que con las organizaciones que son parte del Comité de Solidaridad tratamos de estar siempre ahí con todo lo que podemos, la empresa sigue sin cumplir. Este caso de esclavitud es solo la punta del iceberg  que hace que cada día aparezcan más cosas por solucionar con las familias trabajadoras del campo.

Es por esta razón que hacemos un llamado a las organizaciones y todas las personas individualmente que se sumen para poder ayudar a las familias, porque el Estado no tiene la capacidad de entender todo el daño que por casi 60 años ha venido ocasionando y secundando a la empresa Furukawa.

Las  mujeres y hombres afrodescendientes seguimos enfrentando toda clase de discriminación y racismo, en pleno siglo 21. El sistema nos ha privado y marginado de los derechos humanos desde que llegamos secuestrados a este, hoy, nuestro país; y por esta razón no descansaremos, como mujeres afro descendientes y negras, hasta  tener las mismas oportunidades que los demás.