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La noche quieta

Niñas y conflicto armado

 

 

 

Por: Sara Zuluaga García @sarazuluagag2

Ítaca Laboratorio

Colombia

 

 

Publicado 03 mayo de 2021

 

– Hasta ahora creemos que son dos, máximo tres grupos los que están por acá.

– ¿Y tienen nombre?

– No dicen. Una vecina de la otra vereda dice que algunos son los mismos señores de acá cerca, los trabajadores.

– ¿Y qué es lo que pasa con las niñas?

– Pues ellos no han sido violentos, afortunadamente, pero de igual forma si a usted le tocan la puerta y usted abre y ve a un señor con un arma, pues usted se asusta, ¿no?

– Claro, ¿y qué les dicen?

– Que si podemos darles a las niñas. Que ellos quieren mujeres que los acompañen allá, que las mujeres de por acá tienen fama de ser bonitas, que ellos nos mandan como una mensualidad y que a ellas allá no les va a faltar nada.

Dora tiene treinta y cuatro años, tiene que coger dos buses para llegar hasta el centro del pueblo colombiano en el que trabaja como manicurista, en lo que se le va casi la mitad de lo que le pagan al día. Es madre soltera. Su hija María José tiene doce, hace pulseras y las vende en el colegio.

– En mi época lo que estaba de moda era vender la virginidad, a uno le llegaban chismes: que no sé quién la vendió por tanto.

-¿Cuánto?, ¿se acuerda?

-Mucha plata, podían ser hasta doscientos mil pesos.

-¿Y usted qué pensaba?

-La verdad, nunca se me presentó la oportunidad, solo escuchaba chismes pero no sabía quiénes eran los que la compraban. Ya ahora que estoy más vieja, pues lo pienso bien y no, pero en ese momento, con tanta necesidad, creo que sí la hubiera vendido.

Desde hace unos seis meses, la vereda en la que viven Dora y María José se ha convertido en una especie de tienda de mujeres, como incluso ellas  han dicho. Cada quince o veinte días llegan hombres armados y sonrientes en la noche. Tocan sus puertas. Se sientan en los andenes y se quedan charlando horas, toman gaseosa con ellas y con sus hijas. Son amables. En ocasiones han ofrecido convertirse en los buenos maridos de las niñas, llevárselas a la selva y enviar a sus familias una mensualidad. “Después de todo, ¿qué otra opción tienen ellas?, ¿estudiar?”. Así les dicen, y a veces se ríen. Son amables. Son amables.

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Una guerra sin edad, una investigación del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), publicado a finales del 2017, registra que 16.879 personas entraron a la guerra cuando tenían menos de dieciocho años. El mapeo se hizo en regiones del Urabá Antioqueño, Cauca, Meta, Barrancabermeja, Catatumbo y en dos ciudades: Cali y Medellín.

Entre las dinámicas más comunes de la guerra contra las mujeres y las niñas está la violencia sexual. Según ONU Mujeres, “La violencia sexual desafía las nociones convencionales de lo que constituye una amenaza para la seguridad… es más barata que las balas, no requiere ningún sistema de armas que no sea la intimidación física, por lo que es de bajo costo, pero de alto impacto”. El informe Mujeres, Violencia Sexual en el Conflicto y el Acuerdo de Paz, dice que los primeros nueve meses de 2012, 11.333 niñas y niños fueron víctimas de violencia sexual, el 83% eran niñas.

El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) registró 5.092 niños y niñas rescatadas entre 1999 y 2012, según los relatos que recogieron, pudieron concluir que estas dinámicas están a cargo de todos los actores del conflicto: paramilitares, guerrilla, policías y militares. Muchas veces, las niñas son reclutadas para prostitución con personas externas o dentro de los mismos grupos armados. Sin embargo, en Una guerra sin edad, muchas de las entrevistadas aclaran que no en todos los casos sufrieron estos abusos, que también participaban como informantes o militaban igual que otros adolescentes. De hecho, algunas cuentan que sufrieron violencia sexual antes de entrar al conflicto, por parte de familiares, y que irse a la guerra fue lo que las salvó.

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En la vereda en la que viven Dora y María José también habitan otras trece familias, casi todas conformadas por madres solteras y sus hijes. Están rodeadas de muchos árboles y tienen un río al lado en el que están aprendiendo a hacer clavados desde muy arriba. Hay nueve niñas entre diez y diecisiete años.

  • La hija de Patricia tiene dieciocho, y ella dice que se fue para donde el papá, pues para el casco urbano, pero acá nosotras creemos que fue que aceptó lo que los tipos le ofrecieron…pues porque ya estaba muy grande.

Pero Patricia sí mandó a su hija a donde el papá. Estaba muy asustada por la insistencia de los hombres armados. Le decían que aprovechara, que la niña ya estaba muy grande y que mientras más grande era más difícil que alguien la quisiera de esposa. Un día a las seis de la mañana le empacó tres camisas y dos pantalones y la mandó en un bus. Ella se quedó en casa con sus otros dos hijos, uno de catorce y otro de ocho. Por ellos no han ofrecido plata.

En 2016 se firmó el Acuerdo de Paz en Colombia y alrededor de 15.400 personas se reincorporaron a la sociedad, dejaron las armas. Sin embargo, hubo quienes no participaron en el Acuerdo y decidieron quedarse, también están los y las que han regresado a la selva. Disidencias de las Farc, ELN, EPL, AGC, Paramilitares, incluso agentes del Estado continúan ejerciendo control en territorios, casi siempre rurales.

  • Lo que vemos nosotras es que la guerra sigue. Que esto que ha pasado estos meses es como si estuviera empezando otra vez, yo me imagino que así fue hace años, que iban por la gente, que la convidaban…y pues allá necesitan mujeres, el hombre necesita mujer, lógico, que para hacer el aseo, la comida.

Esa es Alba, otra mamá de la vereda. Tiene dos hijos: un niño de dos años y una de quince, Daniela. Ella quiere ser pintora, ha ganado todos los concursos de dibujo en el colegio, y cuando era más pequeña, ganaba los de plastilina.

  • ¿Te caen bien los señores que vienen a charlar con ustedes?
  • Sí. Pues al principio me daba miedo porque tienen esas pistolas, que son muy grandes, pero ya uno se acostumbra y ya ni se da cuenta que las tienen.
  • ¿Y te han preguntado si te quieres ir con ellos?
  • Sí, pero yo les digo que no.
  • ¿Y te preguntan por qué?
  • Sí. Y yo les digo que no porque me harían mucha falta mi mamá y mi hermano.

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Las mamás aseguran que esta no es la única vereda en la que ocurre esto. Sin embargo, no quieren denunciar el hostigamiento que reciben por parte de este grupo. Algunas, tienen sospechas de que también los militares están involucrados y saben que es una pelea perdida. Pero sí cuentan con un plan: desde hace unos cuatro meses, al menos ocho de las trece familias de la vereda calculan los días en que van a venir los hombres y, desde temprano en la mañana, pasan cobijas y almohadas a una sola casa. Luego, llegando la noche, se van todas, a veces con sus esposos y también con sus hijos hombres. Es una especie de “pijamada” con mucha gente. Apagan las luces. Toda la vereda se queda en silencio y en oscuridad total desde las siete de la noche. Cuatro cuadras en medio de un bosque que parece infinito. Casas a oscuras. Miedo. 

Muchas veces lo han hecho en vano: ellos no han ido. Otras, han calculado mal y llegan días antes o después. Tienen planeado empezar a hacerlo más seguido. Creen que ellos ya se dieron cuenta pero no han dicho nada. No son violentos. Son amables. Eso es lo que repiten ellas y sus hijas y sus hijos y sus esposos. Como si se tratase de una especie de superpoder: no ser violento. No saben hasta cuándo deberán seguir haciendo ese intento de invisibilizarse. No tienen dónde ir. A veces hacen chistes y dicen que luego, cuando no tengan qué darles de comer a sus hijas, se van a arrepentir de toda esa logística del cuidado. Chistes que retumban. Que sangran. Esa resistencia quieta, larga, la hacen porque no saben de qué otra manera mostrarles a ellos que no quieren ir. Parece que decirlo no es suficiente. 

*La localización de la vereda y los nombres fueron modificados a petición de las fuentes.

*Esta historia es parte de un proyecto más extenso en curso.