Tiempo de lectura: 8 minutos

Cuando dices la palabra: ¡Indio!

Por: Verónica Yuquilema Yupangui, Kichwa Puruwa

 

Tiempo de lectura: 8 minutos

 

Cuando era niña, la palabra india me excluyó, me hirió, me vejó, me humilló. Por eso luché, lucho y lucharé para que nadie la use de manera indiscriminada. Sin embargo, el término indio por sí mismo, no nos ofende, no nos hiere, no reproduce el racismo. De hecho la gran lideresa Domitila Quispe, en Bolivia, resignificó esta adjetivación colonial al declarar: “indio fue el nombre con el que nos sometieron, indio será el nombre con el que nos liberaremos”.

No, no es el término. Lo que sí constituye racismo, convierte a quienes lo dicen en racistas y perpetúa el sistema colonial, es el sentido, el contexto y el poder que engendra esta palabra. Indio. Palabra que invoca la sociedad como insulto. Indio. Palabra que usaron varios periodistas para denostar al movimiento indígena.

Ciertamente, quien no ha nacido siendo indio, en un país donde el indio era animalizado y salvajizado hasta el siglo pasado, jamás  comprenderá completamente la dimensión de vivir con esa lucha en las espaldas. Jamás entenderá lo que la palabra indio significa para un niño o una niña que está en la escuela luchando por ser tratada como persona, tratando de vivir su niñez plenamente.

La historia que leemos y que re-escribimos a través de la memoria de nuestros abuelos y abuelas, nos enseña que la palabra indio fue inventada en el siglo XV por los colonizadores españoles, fue la justificación moral y legal para cometer uno de los más grandes genocidios y epistemicidios en el mundo. Es por eso que cuando periodistas, sin el mínimo reparo, repiten “indio encontrado, indio preso” o “los meteremos presos hasta que se acaben”, nos dejan claro que su pensamiento está sumido en una ignorancia desmedida y atrevida. Por eso, no exigimos condescendencia, sino respeto. Exijo dejar de lado el cómodo lugar que impide leer la historia que existe más allá de sus ojos.

No es broma, no es chiste; es racismo y  colonialismo puro. Quienes la evocan, lo hacen desde su privilegio de  ser hombres o mujeres, heterosexuales, blanco-mestizos, y no haber vivido el racismo en sus cuerpos. Usan la expresión indio para denigrar a un grupo históricamente encarcelado, asesinado, violentado y esclavizado por la clase privilegiada que hasta hoy sigue gobernando el país. La intención de varios periodistas de “perseguir a los cabecillas” del Levantamiento Indígena y Popular es tendencioso y racista. Pues dando seguimiento a varias editoriales digitales, programas de televisión, periódicos convencionales y redes sociales, la pregunta que me salta es: ¿Por qué no se usa el mismo énfasis, tiempo y dinero para combatir a los verdaderos culpables de la debacle económica?, que, dicho sea de paso, data desde inicios de la República, pues no sólo se resume al de los últimos años, y se ha agudizado con cada gobernante –ningún indio por si acaso­– que ha vendido a nuestro país al mejor postor. No es Leonidas Iza. No es Jaime Vargas. No es el páramo. No son las plumas. Es el colonialismo, el heteropatriarcado y el capitalismo que han condenado al país al retraso.

Ya sé que van a decir que esta es otra muletilla más para victimizarnos,  que ustedes no son racistas, porque incluso tienen tatuado un indio en su espalda o pueden sentarse sin problema en la mesa con su empleada doméstica indígena. ¡Vaya honor que nos hacen!. En este punto, nos avergüenza y hasta nos aterra la idea de que a pretexto de esto sigan refiriéndose a toda la población indígena entera  desde el pensamiento colonial. También sé que van a decir que este pronunciamiento es solo de una resentida y acomplejada y que vemos “racistas hasta en la sopa”. Estos argumentos los conocemos bien porque la historia que leemos y aprendemos junto a nuestros padres, madres, y también en libros de académicos no indios conscientes y reflexivos del epistemicidio del que seguimos siendo objeto, nos muestran que lo que ustedes hacen no es más que dar continuidad a un libreto histórico de perpetuación del pensamiento colonial. El mismo colonialismo que nos etiquetó como indios y ahora como indígenas, es el mismo que intentó e intenta eliminar nuestras filosofías, epistemologías y ontologías de vida; es el mismo que vendía al indio como animal de hacienda en las pujas de los terratenientes usurpadores. Ese mismo colonialismo que no solo nos metió presos, nos mató, nos violó y buscó nuestra extinción, de la misma forma que sugiere Andersson Boscán y Luis Eduardo Vivanco, del medio La Posta, al decir “metemos presos a otros 200 y así hasta que se acaben”.  Fue la palabra indio o india la que se usó y se sigue usando para someternos, atropellarnos, asesinarnos, perseguirnos, encarcelarnos, enjuiciarnos y como sugieren: desaparecernos.

Cuando lo hacen no están atacando a una o dos personas, a una “minoría” como nos llamaba el gobierno anterior y ahora nuevamente nos han llamado, están atropellando a cada persona que siendo runakuna india, indio-  y siendo mestizos celebran su lado indio. Están cometiendo un acto violento cuando hacen una oda al odio contra los indios, las indias. Y eso es una aberración histórica. Es no reconocer que somos más de un millón de indios e  indias autoidentificados como tal, pero muchos  más ocultados, ocultadas por la historia de brutal blanqueamiento y mestizaje social y cultural que nos impusieron, por lo que podríamos decir que somos la mayoría de ecuatorianas y ecuatorianos a quienes directamente violentan sus palabras.

El monstruo llamado colonialismo ya ha hecho daño suficiente, pero al parecer sigue habitando la mente y corazón de varios periodistas que de forma inconsciente –eso quiero pensar– lo están reproduciendo sin la menor vergüenza. Al escuchar y leer a varios periodistas a través de medios de comunicación digitales y convencionales me convenzo que no es retórica cuando decimos que llevamos 527 años de resistencia en contra del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado. Me convenzo que no es victimismo cuando acusamos de racismo tal o cual acción por más ínfima que parezca. No es complejo de inferioridad ni falta de amor propio. No lo es. No lo es simplemente porque sus cuerpos no viven ni sienten lo que los nuestros soportan día a día. O ¿acaso ustedes alguna vez han tenido que llenarse de valor y fuerza para sobrellevar los insultos, malos tratos o las frases como  “me sale el indio de adentro” o “no te portes como indio”, al que somos sometidos en la cotidianidad?, no hace 500 años, sino hoy, en pleno siglo XXI. No saben lo que es vivir en un cuerpo ultrajado y despojado de su humanidad. No lo saben, por eso vociferan la palabra indio, indigenado u otras expresiones coloniales de la forma en que lo hacen.

Llevo años sintiendo y luchando contra las huellas dejadas por el colonialismo y su cara más visible: el racismo. El tiempo que llevo en ese intento no son nada en comparación con lo que han tenido que vivir mis antecesores  y sin embargo, debo confesar, que estoy realmente cansada de gritar, de exhortar, de exigir, de decir que en Ecuador hay racismo y es tan violento que los reproductores del mismo, no tienen un poco de sentido común al decir “indio encontrado, indio preso”, o “Si es negro o indio, no puedes decir nada en su contra”, y solaparlo en la libertad de expresión. Es tan violento que las señoras privilegiadas, de algún lugar de Ecuador, juegan a ponerle la pluma al indio Jaime Vargas, y muy pocos condenan aquello. Para muchos esto constituye una broma más.

Si nos quieren dar lecciones de ética empiecen casa dentro. ¿Por qué no han dedicado su sapiencia y ejemplo de periodismo independiente, objetivo y transparente para condenar de la misma forma a los líderes socialcristianos de traje Cynthia Viteri y Jaime Nebot que incitaron a la confrontación el pasado octubre?. Existen evidencias suficientes sobre la violencia desatada a raíz de las declaraciones incitadoras de ambos políticos. De hecho, la polarización que vive hoy el país, en gran medida, se debe a sus declaraciones racistas, clasistas, regionalistas y separatistas. ¿Por qué no se condena con la misma firmeza las declaraciones y acciones del Ministro de Defensa, Oswaldo Jarrín, que sin vacilación alguna en los momentos más álgidos del Levantamiento, manifestaba que de ser necesario las Fuerzas Armadas usarían armas de fuego en contra de la población en resistencia, causando el enardecimiento y la polarización de la sociedad ecuatoriana?. ¿Por qué no entrevistan a las distinguidas damas de la costa ecuatoriana que juegan a ponerle la pluma al indio Jaime Vargas y condenan su racismo?.

Estas palabras que escribo se desgastarán en los ojos y corazones de aquellos periodistas a quienes no les dirán nada. Cuando decidí escribirlo no sabía el tono que debía usar: si de rabia e indignación o de sensibilización. Surgió lo primero y como complemento surgió apelar a un sentido humano. Pues siento que estamos cansados de apelar al sentido común de la gente que insisten en dividir a la población ecuatoriana reproduciendo el racismo. Estamos cansados porque parece que  la razón es inútil frente a corazones heridos y necios. Entonces, queda optar por la sensibilización, queda buscar en la empatía alguna luz frente a la indiferencia.

Al escribir cuido cada palabra para evitar ser acusada de víctima, de acomplejada, de resentida social. Pero también lo hago para evitar crear o ampliar las líneas divisorias mentales y afectivas que hoy –como hace siglos– están presentes en nuestro país. Lo hago porque aunque no tengan mucho eco mis palabras, ni tanto financiamiento para su difusión, sé que tengo la responsabilidad de fomentar la unidad, el respeto y sobre todo, un poco de humanidad. Esa responsabilidad que asumo sin siquiera ser periodista, es la que exijo a quienes se reconocen como periodistas.

Si se jactan de ser buenos periodistas, responsabilícense de sus actos y hágannos un favor: lean la historia y léanla con el corazón y la mente abierta. Lean sobre quienes nos han gobernado durante los casi 200 años de República y podrán darse cuenta que no han sido los indios los que han empobrecido al país, muy por el contrario, somos los que hemos sustentado muchos de sus privilegios de clase, raza y género. Lean bien, edúquense bien que lo propio estamos haciendo nosotras y nosotros, para así evitar repetir la historia nefasta de este país que, manejado por la élite política-económica blanca-mestiza en el poder, continúa en el camino del empobrecimiento, de la desigualdad social, de la deuda.  

Nosotras y nosotros creemos que somos capaces de construir otro proyecto de país, sin espejos ajenos, sino con colaboraciones horizontales entre sures. En ese camino, creemos que la crítica es necesaria, la minka de pensamiento nos urge. Por ello, damos la bienvenida a una crítica dialógica, respetuosa, reflexiva, que busca construir un Ecuador verdaderamente Plurinacional, no a aquella que es acrítica e irreflexiva con sus propios pensamientos, que ante las voces de reposicionamiento legítimas y recurrentes de la población aludida buscan justificar su sesgo colonial y clasista, en lugar de reflexionar y reconocer que probablemente existe algo que transformar en su forma de hacer periodismo y de vivir en una sociedad diversa como la nuestra. 

Para que su crítica construya, es necesario reconocer que los lugares desde donde piensan, escriben, hablan tienen limitaciones, que contienen ignorancias de los otros mundos existentes más allá de sus vidas y que por ese motivo deben dar cabida a la escucha atenta de esas otras voces que han sido desprestigiadas, silenciadas e invisibilizadas, y que han venido ofreciendo mucho al mundo. Aprender, escuchar, comprender del otro o de la otra es lo que hemos tenido que hacer nosotras y nosotros para abrazar con un mínimo de respeto e igualdad a las otras culturas. Comprender la historia y lo que la palabra indio significa para una niña que está empezando su niñez. Re-conocer el colonialismo, reflexionar, co-razonar y descolonizar el pensamiento. Eso es un buen ejercicio de humanismo. Solo así podremos empezar a sanar las heridas coloniales que se manifiestan en el racismo.

 

*Este artículo es una ampliación a la carta pública escrita por Verónica Yuquilema a los periodistas Luis Eduardo Vivanco y Andersson Boscan del medio la Posta, que en un programa usaron la frase «indio encontrado, indio preso» para hablar del movimiento indígena y la necesidad de judicializar y encarcelar a sus principales líderes.

 

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